15/01/24
Mi psicólogo me ha dicho de nuevo que estoy evitando sentir y por primera vez me hizo sentido. ¿Cómo iba a considerar antes esa posibilidad, si tengo separadas en el tiempo y en el espacio, la razón y la emoción? Esta vez se conectaron un segundo y pude ver claro, clarísimo. Quizás fue que la terapia, o mejor dicho, la videoterapia, la tomé desde mi habitación y no desde el estudio, como siempre. Ese cambio de escenario me provocó un extrañamiento, un “¿ah, chinga, qué está pasando?”
“¡Holaaaa!, bienvenida de nuevo!”, me contesté.
Fue fugaz, ni un minuto me duró, pero me dije “apunta esto y dale la importancia justa, aunque después algún mecanismo de defensa te diga que lo ignores, que lo entendiste mal, que sigas evadiendo”
—¿Cómo reconecto?, le pregunté a mi psicólogo.
Y ya se me olvidó casi todo lo que dijo, o se fue a otra parte, segmentada de la memoria. Pero quedó algo intacto: tan importante es escribir, como compartir lo que escribo. Le conté lo mucho que me desconcierta cuando después de leer un texto mío, alguien dice que soy valiente o fuerte. Yo nunca me siento de esas maneras cuando escribo, pero al valoralo lo considero. Por lo menos, visualizo que estoy atravesando una etapa difícil y que parte de mis acciones pueden corresponder a ese contexto.
Fui más lejos posterapia. Comprendí que quien me lee es mi manada, porque el contenido que comparto con este tipo de escritura, es un material demasiado sensible como para que no le importe a quien me importa a mí.
Pienso en el altisonante poema de Girondo:
No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible
– no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
…
Al hacer todas estas consideraciones noté que algo estaba poniendo su zapato en mi cogote. Era el juicio de los intelectuales opinando que si es catarsis no es literatura. Y el juicio de los conocidos que señalan lo que debe ser público y privado. Y el peor de todos, mi propio juicio, validando las opiniones perversas o el silencio.
Y concluí que esto es mi diario, querido diario. O mejor dicho, el diario de esa yo que le interesa leer a Erandy y regresarle la pelota para seguir jugando.
Así que, a quien le interese esta partida, siempre será bienvenido a mi ecosistema. Pero cada quien sus alas.





Deja un comentario