Desde el diagnóstico de TDAH he empezado a atar cabos y a reconocer los mecanismos compensatorios que desarrollé en el mundo neurotípico a lo largo de mi historia . La verdad quisiera abrazarme en mis diferentes etapas, darme un beso en la frente y pellizcarme los cachetitos con ternura.
En la secundaria me anotaba las cosas importantes en la palma de la mano. Creo que sabía, desde entonces, que escribirlo en un cuaderno no iba a servir de nada porque me olvidaría de revisarlo.
Al maestro de matemáticas siempre le intrigaron mis actitudes. Era el arquetipo de maestro estricto con camisa de cuadros y chaleco de poliester al que no se debe cuestionar. En su clase no había un solo ruido y se paseaba entre las bancas supervisando a detalle.
Si una niña llevaba pintadas las uñas, la sacaba del salón y no le permitía volver hasta que no quedara rastro de esmalte en sus dedos. Un día me notó algo escrito en la palma de la mano; de inmediato la oculté pero eso sólo aumentó su labor de sabueso.
«Muéstrame»
Le enseñé: había anotado en mis palmas los más próximos pendientes escolares. Giró una de mis manos y en el dorso decía: «ver mano». Soltó una carcajada. Sin proponérmelo, logré hacer reír al «villano».
A partir de ahí no dejó de observar mis comportamientos. Además me recibía tareas atrasadas y eventualmente me dejaba entrar tarde al aula. La clase era a las 6:45 AM y desde entonces yo era impuntualísima, así que cuando me negaban el acceso en la entrada principal, me saltaba la barda para entrar. Poco después, no fue necesario exponerme a un accidente; los del turno vespertino hicieron para escaparse, un boquete del tamaño de una persona, una especie de portal que conducía a lugares inimaginables en los que pasé mucho tiempo de mi adolescencia. Conducía incluso a clase de matemáticas, el lugar menos estimulante del mundo.
Cuando me di cuenta que le inspiraba curiosidad a este señor tan serio, empecé a comportarme rara a priori. Particularmente recuerdo un día muy soleado en el patio, alguna hora libre tenía mi grupo y podíamos simplemente estar por ahí sin meternos en líos, con vigilancia de algún prefecto. El salón de mi observante estaba en el primer piso y yo podía visualizarlo desde mi sitio, a unos 20 metros de distancia; el carcelero de menores hacía su recorrido zigzageante de siempre con el grupo en turno. Saqué de mi mochila un espejito redondo y lo utilicé para rebotarle los rayos del sol en la cara, no con maldad, pero sí con provocación.
El destello en sus ojos le impedía ver la fuente, así que debía seguirlo en su recorrido con mi rayo cegador para que no me descubriera. Se escondió detrás de la puerta semiabierta como quién juega escondidas con un niño; yo era quien lo observaba ahora y estaba extasiada. En un descuido mío, asomó la cabeza con rapidez y me descubrió, aunque sospecho que siempre supo quien estaba detrás de la reflexión.
No sé cómo lo hice, pero a la siguiente clase de matemáticas llegué temprano. Estuve con la cabeza metida en el cuaderno todo el rato.
Lo vi iniciar su recorrido en zigzag y me puse a llenar los cuadritos del cuaderno con números al azar. Se detuvo a mi costado y me extendió la palma; no dijo una sola palabra. Abrí mi lapicera y le entregué el espejo sin voltear a verlo.
Nunca hablamos del tema.
En el convivio escolar de fin de año, me confesó que yo había sido su alumna preferida. Eso fue raro hasta para mí.




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