Dejé un traste de plástico directamente sobre la lumbre como por un minuto. Reaccioné cuando me llegó el olor a quemado, lo vi sobre la parrilla, derritiéndose y grité «¡por qué hice esto!» Al último lo quité.
Me preocupa que no recuerdo haberlo puesto ahí en un principio. Incluso le pedí a Ángel que me jurara que no había sido él.
Tres consideraciones de las que soy capaz, gracias al diagnóstico:
1. ¿Cuántas veces me han pasado estos despistes y no lo recuerdo! ¿Será que si pregunto a mis personas cercanas, se acuerden de alguna anécdota? Mi mala memoria no me permite acceder por mí misma a estos recuerdos, pero por lo menos ahora puedo notar los descuidos y aprender de ellos (¿quizás evitarlos?).
El diagnóstico por sí mismo me hace estar atenta por primera vez a estos comportamientos y por lo tanto se sienten nuevos, incluso me parece que empeoré, pero es sólo la percepción; es como quien usa lentes de aumento por primera vez y solo así se da cuenta de lo mal que ha visto toda su vida.
2. Si antes no me pasaron situaciones similares (con esa peligrosidad), es porque desconocía que mi problema de inatención NO era normal y detectaba intuitivamente cómo sobrevivir, y ahora que sé del problema (o «condición»), relajé esas medidas de supervivencia, colocándolas en el baúl del «tengo un trastorno». («Condición»).
De esto sí me advirtió mi psicólogo; dijo algo de «perder habilidades adquiridas» o algo así, pero no logré visualizar a qué se refería.
El diagnóstico puede llegar a «incapacitarnos» parcial y temporalmente, pero es parte del proceso de reconstruir nuestra identidad con las nuevas hipótesis. Y estoy segura que el estrés crónico se debe a la imposibilidad de bajar la guardia un segundo.
3. En relación con mi duda inicial de si Ángel fue quien colocó en el fuego el trasto; bueno, no lo hizo, pero resulta un ejemplo buenísimo de por qué las personas con TDAH somos tan propensas al gaslighting y a cualquier tipo de manipulación emocional.
Supongamos que sí fue Ángel quien quemó el recipiente, pero decide aprovechar mi duda para adjudicarme el despiste. Yo, a sabiendas de mis constantes descuidos y de mi malísima memoria, no tendría otra evidencia que su palabra. Él, en el peor de los casos, podría no sólo aprovechar, sino planear con dolo y salir bien librado.
Si Ángel fuera un narcisista o un psicópata, yo estaría perdida. Estuve perdida en todas mis relaciones anteriores. Fui un imán de manipuladores y celopatas (unos más que otros).
El diagnóstico ayuda a que seamos más selectivos con nuestras personas de confianza.
Creo que es completamente normal ponernos paranoicos en un principio; buscar culpables, dudar del más cercano, desconfiar a priori. Es parte de la búsqueda del equilibrio y quizás también necesitamos poner a prueba a nuestros leales para hacer un filtro.
Quién sabe, a lo mejor otra vez estoy sobrepensando, de lo que estoy segura, es de que siempre habrá alguien a quien le convenga que eche por tierra todo lo anterior.


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