Querer no es poder

Bitácora TDAH


Ella me quería perdonar

Engordar nunca ha sido una preocupación para mí, incluso he pensado que no subir de peso podría ser un síntoma de algo, porque además, poquito no como, y tampoco soy quisquillosa con los alimentos. De hecho soy la persona menos melindrosa que conozco; ni siquiera las texturas de algunas carnes o verduras me afectan, a pesar de que para muchas personas con TDAH esto es un problema.

Comer me encanta y lo mejor es que lo puedo hacer sin consecuencias sobre mi peso. Esto no quiere decir que no utilice el acto de comer como fuente de dopamina o que mis conductas alimenticias sean sanas.

Además, comer por compulsión me ha afectado de otras maneras; cada cierto tiempo me predispone para el acné, la colitis o las migrañas. La búsqueda de dopamina dirige mis conductas y sus consecuencias.
En las noches me doy mis atracones y cuando no hay nada preparado disponible, me como los dulces de Regina. Despierto a las 3 de la mañana a comerme una paleta Payaso; me llevo en la mochila un puñado de picafresas para soportar algún trayecto; si lavo trastes merezco unos bombones para aligerar la chamba.

Mi hermano utilizaba mi «antojismo» para hacerme bromas memorables. Me decía con un recipiente inclinado sobre los labios «¿vas a querer yogurt o me lo acabo?». Yo se lo arrebataba para beberlo vorazmente; ya con el líquido en la panza, me daba cuenta de que era leche cortada. Algo muy al estilo de Malcolm.

Abusar de sustancias, abusar de comida, abusar de cualquier proveedor de dopamina: son típicas consecuencias de un TDAH no tratado.
Yo siempre había comido lo que me permitía mi barriga hasta hace 15 días, que se me reveló un nuevo límite.

Fuimos al cumpleaños de una amiguita de Regi y nos trajimos dos cupcakes súper bonitos, con temática de sirena y rellenos de fresa. Regi y su papá se comieron uno entre los dos y el otro se quedó guardado en el refri. Recién me lo encontré y ávida de carbohidratos, me lo comí.
Pensé que Regina se había olvidado de él: ¡ya habían pasado muchos días!, ¡ya había comido otros pasteles!


Pero un día me sale con: «mami, ¿te acuerdas del panecito que me dio Isabella? Sentí un balde de agua fría. Por dos días seguidos mi método fue fingir buscarlo y luego distraerla para que se le olvidara, pero el tercero no pude con la culpa y le dije toda la verdad.
Lloró muchísimo; no podía creerlo de mí. Me disculpé y fui totalmente sincera con ella. Le dije que se me había antojado y que tenía curiosidad de probarlo.
Entonces se calmó y me dijo:

«Mami, pensé que te habías comido mi panquecito, pero se cayó en la calle y lo pisó la gente» Me aguanté la risa que me dio su ingenio, ¿o su negación?

Pues ya, ni modo de insistir y jurarle que yo me lo devoré con el café de la mañana. Ella me quería perdonar.

Le compré un pingüino de esos Marinela y quiso jugar a que era mi cumpleaños.
Me cantó las mañanitas y al final del «que le muerda-que le muerda», me advirtió cubriendo con una manita el pastelillo: «¡pero es de a mentiritas, eh!»

Di una mordida certera y le arranqué un pedazo al aire.



Deja un comentario

¡Hola! Tu apoyo me ayuda a comprar mi medicamento y a seguir documentando el efecto de la medicación para el TDAH en esta bitácora ⬇️

PARECE CHISTE PERO ES ANÉCDOTA

Salí en patines rumbo al trabajo. Llegué al metro y descubrí que había olvidado mis zapatos. Volví a casa por mis zapatos y descubrí que había dejado la llave adentro. Compré unas chanclas en el supermercado y me fui al trabajo. El día apenas comenzaba.

Suscríbete

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar