Al fin recibí el metilfenidato por parte del IMSS. Hago aquí un relato breve de cómo fue que lo obtuve, pues como se sabe, «eficiente» y «ágil» podrían ser fieles antónimos para describir al sistema de salud, y quienes colapsamos ante la burocracia, precisamente por nuestro diagnóstico (la cabeza TDAH tiene su propia burocracia interna qué burlar cada día), preferimos llevar nuestro tratamiento con especialistas privados, con todo lo costoso que eso pueda resultar. Pero ahora, el desabasto nacional de medicina psiquiátrica, limita y encarece aún más las opciones de los fármacos, así que, por causa de fuerza mayor: heme aquí, benemérito IMSS.
NOTA: Partiré de que ya estoy diagnosticada por un profesional, como si eso no me hubiera tomado más de treinta años.
• PRIMERO SE NECESITA LA RECETA DEL PSIQUIATRA PARTICULAR, con todos los detalles que se exigen para adquirir un medicamento controlado. (Ojalá esos detalles fueran suficientes para que, quien recibe el papel, no me mire de reojo como para verificar que tengo «algo», o que no usaré aquel fármaco de manera recreativa).
Recordar que la marca Tradea no está «disponible» porque el laboratorio de Psicofarma la cagó, así que el médico la sustituirá por otra como Concerta o Ritalin. Finalmente no obtendremos ninguna de esas tres, sino la que tenga a bien nuestro seguro social.

• Con receta en mano FUI A MI CLÍNICA FAMILIAR DEL IMSS y expliqué a mi médico la situación. Estaba de buenas; es un ancianito impredecible pero he logrado sacarle jugo a su lado bueno. Mientras escribía dijo algo de hacer válidos nuestros derechos y que la mentada austeridad nos está asesinando. «Una masacre peor que en La Conquista». Levantó su cabeza para comprobar si yo estaba de acuerdo, pero me quedé pasmada y tuvo que preguntar directamente.
—¿Está de acuerdo, Erandy, con que nos están asesinando como en La Conquista?
Asentí con la cabeza. También hubiera negado; lo que sea, señor, sólo deme la receta y me iré flipando.
—Metilfenidato… claro que sí —dijo concentrándose en el teclado y el mouse—. Si lo tenemos en la base de datos, ahora mismo se lo damos. Oh, sí está…
Mi cerebro se relamió los bigotes.
—Un momentito… mmm no, aquí sólo manejamos de 10 mg y usted requiere de 36. Yo no puedo ajustar su dosis.
Demasiado bueno para ser verdad. Me dio un pase a psiquiatría, que antes debería ser sellado en coordinación. Recibí el sello, pero la coordinadora me pidió regresar en una semana «porque el área estaba saturada».
Allá vamos, burocracia del IMSS, haz lo tuyo.
A la semana siguiente, la secretaria analizó mi pase, rectificó el sello, se ajustó los lentes: «con que cita de primera vez… de acuerdo. Venga el 25 de abril». Era 20 de marzo.
—Señorita —le dije con máxima amabilidad—, no puedo estar un mes sin mi medicamento.
—¿Se siente muy mal?
—Tengo ideaciones… ya sabe.
—Véngase a urgencias mañana a las 8 de la mañana.
• LLEGUÉ A URGENCIAS PSIQUIÁTRICAS al siguiente día. Luego de que me tomaran los signos vitales, esperé aproximadamente 3 horas. Por fin me atendieron. El psiquiatra me recibió hostil:
—Y, dígame, ¿cuál es la urgencia que amenaza su vida?
—Necesito medicamento
—¿Quién le dijo a usted que en urgencias damos medicamento?
—Alguien. —Las dos doctoras de residencia giraron sus cabezas al mismo tiempo para ver la reacción de su jefe, y se hizo un silencio incómodo que me animó a seguir— Alguien en algún momento y en un área que no recuerdo. Tengo TDAH, ¿ve?
Le mostré el pase.
Se quitó la armadura y comenzó a interrogarme. Tuve que hacer un esfuerzo por resumirle la situación con toda la calma de la que me sentía capaz.
Estuve ahí aproximadamente 25 minutos y finalmente me recetó. Tres pastillas de metilfenidato de 10 mg al día; una cada 4 horas (7, 11 y 15 hrs).
—Estás cubierta por un mes, Erandy. Antes de que se te acaben las pastillas, debes ir con tu médico familiar a que las dé de alta en el sistema y no tengas que pasar por todo esto de nuevo.
No sé en qué momento empezamos a tutearnos. La verdad es que era bastante joven, quizás algo guapo, pero quise pensar que debajo del cubrebocas sus dientes estaban retorcidos como su corazón.
En la inmensa fila de la farmacia, pensé que al llegar a ventanilla me dirían algo del tipo «uuuy, no, desto ya no hay. Regrese en un mes» o «debe ir a coordinación, específicamente al ‘Área de medicamentos psiquiátricos controlados escasos que no austeros’ para que le sellen la receta…»
Pero no, ahora sí me dieron mis hermosas cajas de pastillas y supe que con ellas había llegado el fin de una era y el inicio de otra.
De regreso a casa leí las valoraciones que me hizo mi hosco psiquiatra. Sé que fue un mal inicio, pero esto… es lo más bonito que me ha dicho un profesional de la salud mental:




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