1. Estoy acostada boca abajo en una cama diminuta y varios adultos en fila replegados contra la pared, me observan sin hablar. Una señora de mediana edad me rocía una preparación etílica directamente de su boca. Me pide que me gire hacia ella y con el dedo humedecido de agua bendita, dibuja una cruz en cada una de mis muñecas, en mi pecho y en las coyunturas internas de mis brazos. Es un cuarto pequeño de ladrillo donde apenas cabemos todos: la curandera, mis padres, el matrimonio que nos trajo, y yo.
¿Qué había en esa niña de 8 años para que un grupo de 4 adultos decidiera llevarla a una cura de espanto? ¿Era una niña rara, una niña inadaptada, una llorona sin remedio?
O quizás sea el momento de reconocer que sí, mi alma se me escapó del cuerpo a causa de un espanto.
2. Tengo cuatro años; no hay problemas con mis esfínteres, ni con mi lenguaje, mi motricidad es buena y hasta paso por inteligente. Sucede que no hay un día que no llore de angustia, con ataques de ansiedad y pataletas que las maestras del kinder asumen como berrinches. Pasan los meses y sigo llorando como el día uno, no logro adaptarme aunque asisto a la misma escuela que mi hermano y mis primos.

Mi mamá hace cita con el paidopsiquiatra; estoy esperanzada.
Llega el día: no quiero que nos separen, pero el doctor es simpático y se gana mi confianza con facilidad; me asegura que mamá estará afuera, a dos pasos, tomándose un café, ojeando una revista. El tiempo vuela en aquella habitación de juegos; hay un tapete afelpado que abarca gran parte del suelo donde construyo edificios y coloreo con crayolas.
Termina la sesión y contemplo la posibilidad de que ser yo misma no está tan mal, de que incluso se puede vivir así.
—¡Listo, Erandy! Ya puedes ir con mamá. Pídele que entre un momento. —dice el doctor con la seguridad de quien ha ganado terreno.
Y yo, con la seguridad de poder cumplir la tarea, salgo a cosechar otra victoria. Pero ella, mi madre, no está ahí; no está en la sala, no está en el pasillo, no está en ninguna parte. Bajé la guardia y no debí; me siento profundamente traicionada.
Dos intenciones fallidas de aplacar mi angustia; una mística y otra científica; dos bengalas ingenuas en la insondable negrura de la salud mental.
Me convertí en quien, paradójicamente, fue llevada al psiquiatra y salió de ahí con un susto a curar.
3. De niña tenía la capacidad de viajar al futuro. Lo aprendí a la mala, para sobreponerme a los constantes ataques de pánico. Recién descubrí que se le llama disociación.
Solía decirme: «esto pasará y entonces vas a ver que es sólo un recuerdo, que estás a salvo.» Cuando el ataque cedía, no olvidaba recordar.
Hasta que un día común y muy distante, descubrí que había superado aquellos terribles episodios yo sola, y el propósito de la Erandy primigenia que adquirió el poder de desdoblarse, evolucionó.
Entonces salí por fin del consultorio y allí estaba yo, esperándome a mí misma.
Coloco la taza en la mesa, la revista en el revistero, camino hacia mí; me agacho a mi altura, me abrazo con fuerza. Aparto el rizo que atraviesa mi cara, me beso la frente; me escucho sin prisa. Mi alma vuelve al cuerpo.

Agradecimientos: A mi terapeuta porque me inspiró a realizar este escrito y constantemente me impulsa a llevar a cabo mis proyectos de escritura. A mis últimos donadores y a quienes siempre están pendientes de mis textos, los comentan y me animan a seguir. A mi «coach» de escritura👼. A Erandy niña; por su paciencia.
El susto y su curación en Oaxaca https://youtu.be/xPCiURRJ4Rw



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