Querer no es poder

Bitácora TDAH


Alacrán con alas

El domingo me quedé sola en casa y el testimonio de un alcohólico rehabilitado se filtró hasta mi departamento. Quité las macetas de la repisa y me acomodé con un té de limón, muy al borde de la ventana.

Festejaban el aniversario del grupo AA frente a mi edificio; como cada año, cerraron la calle y contrataron sonideros. El testimonio era de un hombre de edad madura: “desmadrado del alma”, “merecedor de nada”. Tenía la capacidad de evocar su vida con una conciencia exquisita; deshojaba su dolor como quinceañera enamorada, y transmitía sensaciones tan humanas que, alcohólica o no, me provocaba acceder a esa concepción de las cosas. «¿A quién le gusta perder las batallas?», preguntaba retóricamente, para luego asegurar que la derrota es el único punto de inflexión.

Doblar las manos y confiar en “un puñado de hombres que han sanado”. Me asomé por la ventana para comprobar el puñado de hombres. Eran más que eso; cinco pisos abajo y a mitad de la calle, una lona azul protegía del sol a la audiencia que según mis cálculos, era de cien personas. Fue imposible ver entre el follaje a este hombre derrotado, pero su voz me parecía familiar. Probablemente era un vecino con el que me he topado decenas de veces en la fila del cajero o comprando mandarinas. Alguien de la comunidad que no tiene nada qué perder o que ya lo perdió todo, y esa confesión a micrófono abierto en su propio barrio, es parte de un proceso sanador.

«Te gusta todo lo que descoyunta, cabrón», se decía a sí mismo, dirigiéndose al público.
Es una forma retadora de discurso, exponer la miseria más íntima en segunda persona, «alacrán con alas, háblame de ti». A pesar de ser un deleite por su honestidad, el objetivo de sus palabras no era estético, y aunque algo había del arte de conmover y persuadir, ese testimonio de vida propia, pasada por análisis y reflexión, se ofrecía como un regalo incorruptible.

Pensé que además, era la mejor forma de evitar la recaída del recién abstemio: ofrendar al otro la energía liberada del no beber, y resanar los huecos propios con tiempo en tribuna. Recordé a mis amigos con «el mal del pollo», «mordiéndose las orejas», con el tic de la nariz, ese que imaginan que pasa inadvertido. Y a mí misma, en los tiempos sin celular, en busca de cambio para el teléfono público, hurgando viejos suéteres, desesperada por algunas monedas para escuchar esa voz y dejar de temblar, para concretar esa cita con mi dealer de atención. Para no estar sola en medio del consultorio psiquiátrico.

Recordé que detener el ciclo resulta imponente; ¿cómo disponer del tiempo ahora, cómo lidiar con la no acción, con la horrible calma del vacío, con el rayo cegador del sol cuando se sale de la caverna? El silencio enloquece y bloquea el entendimiento, el cerebro exige caos.

“Por la boca enfermaste y por la boca tienes que sanar”, decía mi vecino el alacrán, y en su muy particular analogía, yo trataba de identificar una figura que representara el portal donde ingresó el cuchillo a mi cuerpo. En todo caso sería el vientre de mi madre, a fin de cuentas, tendría que volver a nacer. O inventar mis propias analogías y que la poesía me lo demande.



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PARECE CHISTE PERO ES ANÉCDOTA

Salí en patines rumbo al trabajo. Llegué al metro y descubrí que había olvidado mis zapatos. Volví a casa por mis zapatos y descubrí que había dejado la llave adentro. Compré unas chanclas en el supermercado y me fui al trabajo. El día apenas comenzaba.

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