Querer no es poder

Bitácora TDAH


Genuina alegría, tristeza pendiente

Viernes 2 de junio

Prólogo

Fue una semana de guerra. Era urgente entregar a mi hermano la estafeta del cuidado paterno; la llegada del viernes era un consuelo colectivo.

¿Cuál de los cuatro la pasaría peor?

  1. Regi, con infección en los ojos
  2. mi papá, con un nuevo golpe en la cabeza
  3. yo, con migraña incapacitante
  4. Ángel atendiéndonos a todos

La respuesta correcta es: en este sistema, cada uno empeora con el malestar del resto.

Entonces cayó la granada:

“Me seguí la fiesta y no voy a ir por mi papá. Perdón flaca, ya sabes cómo soy. Mañana voy por él»

¡Bum!

No crecí rodeada de promesas cumplidas, pero mi detector de mierda sigue intacto.

Le contesté con el mensaje más hostil que las palabras me concedieron:

“Ya mejor muérete, wey”

Mi psicólogo no estuvo orgulloso de eso, como pensé.

Ya ni modo: o salto del barco como las menospreciadas ratas, o me apago como las veneradas lumbreras.

—Yo lo llevo, —dijo Ángel. Y se hizo la luz.

NOTA: Mañana es el concierto de los Cadillacs en el Zócalo: no voy a minimizar que de esta añoranza nos aferramos él y yo toda la semana. 

Sábado 3 de junio

6:30 am

Cuarenta minutos se tardaron en bajar las escaleras mi papá y Ángel; ocho minutos por piso, calculé. Treinta segundos por escalón.

Me tomé un metilfenidato de 10 mg y vi medio capítulo de Girls mientras me hacía efecto. Luego reubiqué las plantas de la repisa que rompió mi papá con su cabeza, eché una carga de ropa a la lavadora y tallé con esa necesidad de expiación de las amas de casa.

perdón-perdón-perdón-perdón: piso brillante

perdón-perdón-perdón-perdón: sillas desmanchadas

perdón-perdón-perdón-perdón: valgo la pena

12:00 pm

Todavía me di el lujo de pintarme el cabello antes de bañar a Regina.

CARAMELO ARMONÍA ACOBRADO 458

Nunca me lo había pintado yo sola pero no quería esperar; tenía esa energía posmigraña que tanto me intriga. Es como si la dopamina hubiera estado atrapada durante días y de pronto diera el portazo, o como si mi cerebro sintiera culpa de haberme jodido toda la semana y este fuera su ramo de flores.

Hay una gran cantidad de estudios científicos de gente adulta con TDAH que sufre migraña como comorbilidad*, pero no he encontrado información acerca del desborde compensatorio de energía. Hoy no me lo cuestionaré. Nadie despreciaría estas agradables pausas de bienestar.

Plana mental: mi sufrimiento no atenúa sufrimientos ajenos y mi felicidad no los intensifica. 

El cerebro migrañoso:

1:36 pm

No quiero escribir esto:

Abrí la ventila para que el vapor se escapara, me puse la bata, dudé. Había quedado con Ale para lo del concierto y ahora su prima estaba muerta. Me senté en la tapa del inodoro y busqué a América en Instagram. Miré sus fotografías durante varios minutos y recordé cuando viví con ella un par de meses. Un brujo le advirtió que en ese departamento alguien se iba a morir. Todos nos vamos a morir, pensé aquella vez.

En su foto de perfil de Facebook posaba junto a su hija: “Feliz cumpleaños, bolita de pan”. Repetí el mantra que me ancla a la realidad: «esto no me está pasando a mí»

Probablemente tenía diez años que no la veía y un montón de cosas habían cambiado desde entonces; intenté ser consciente de que ella ya no estaba y yo seguía aquí, con la pausa pausada y con el pelo más café.

CARAMELO ARMONÍA ACOBRADO 458

“Estoy bien. No hay nada qué hacer ni tiempo para estar mal”, contestó Ale ante mi insistencia. 

Luego me mandó un audio para comprobar su tranquilidad. Su tranquilidad defensiva, pensé.

«Mañana te envío la ubicación del velorio, diviértete por nosotras», cerró la conversación.

3:00 pm

El precopeo

Sólo Ángel y yo; “los esposos hermanos”, dicen los vecinos. Caminamos hacia el metro con genuina alegría, con la tristeza pendiente. Le dije Te extraño y me acicaló el cabello, idéntico al suyo.

Llegamos directamente a la calle de Gante, con la esperanza de encontrar un lugar relajado. Antes elegíamos las calles de Regina, Mesones, Cuba y otras Repúblicas; lugares de estudiantes donde la cerveza se vende en cubetas y el pulque de piñón es lo más caro (con justa razón). Acordamos reunirnos con Toby y desde siempre me pareció un buen plan, pero Ángel no hacía mucho esfuerzo por acercarnos a él y esta vez no puse ninguna resistencia a sus estrategias; dejé que su espíritu de señor floreciera en su totalidad. Quizás es que finalmente su espíritu de señor se emparejó con su carne de señor, y mi espíritu de adolescente rebelde se doblegó ante la inminencia de las cosas. 

Hace poco conocí el concepto de administrar las cucharas y todo tuvo un nuevo sentido. Una paciente con lupus descubrió que, como su energía era mucho menor en comparación con la de una persona sana, tenía que administrarla metódicamente para evitar caer en crisis. Luego el término cucharas se extendió a otras enfermedades y neurodivergencias donde las actividades cotidianas también representan un desgaste inusual.

Teoría de las cucharas de Christine Miserandino

Mi energía estaba al cien pero podía caer en picada si no la administraba, así que la meta era no llegar a cero antes de tocar mi cama.

Entramos al Restaurante Bar Gante y pedimos un tarro de cerveza cada quien. Una mujer amenizaba el lugar con una melodía conocida y sin entender por qué, me dejó hechizada. Su voz era bella pero esa no era la razón.

Me tomó años darme cuenta que llevo desfasada la conexión entre cuerpo, emociones y pensamientos,  y al mismo tiempo siempre lo supe. 

Le di el primer trago a la cerveza y de inmediato mi cerebro conectó: la canción era Cruz de navajas, de Mecano. 

Cruz de navajas por una mujer

brillos mortales despuntan al alba

sangres que tiñen de malva el amanecer

Encontramos en la sección de postres de la carta un “Ate con queso derretido, flameado con amaretto” Parecía necesario acompañar ese momento con algo así de dulce, y sobre todo se me revelaba indispensable mirar cómo la materia arde por capricho, cómo cambia de forma a voluntad; saber que el fuego se apaga. Todos mis sentidos se agudizaron y sentí mucho amor por la vida.

Nota mental: ¿NO HAY NADA QUÉ HACER NI TIEMPO PARA ESTAR MAL?

5:00 pm

Parecía cada vez más imposible encontrarnos con Toby, aún así caminamos hacia la calle de Regina según sus instrucciones: “la gente está tomando en la calle, tráiganse un six del Oxxo” Nos mandó un video como evidencia.

Calle Regina

En un Oxxo las cervezas estaban tibias, en todos los demás la fila era eterna. Nos metimos a un bar mini en Venustiano Carranza y pedimos dos cervezas también minis. Sentí el peso de tener que identificarme con alguien. 

A las 6 pm decidimos adentrarnos. Me sentía con la energía precisa, sin sueño, sin migraña: un milagro. Toby nos mandó su ubicación en tiempo real, estaba varios metros adelante del asta bandera. Elegimos entrar por 16 de septiembre y mientras nos acercábamos al filtro, la gente daba el último trago a sus bebidas. Era un filtro de chocolate; había un solo policía haciendo revisiones a una de cada diez personas, principalmente a quienes llevaban algún bulto grande. Pasado el filtro nos topamos de lleno con el Café Bértico, un oasis para Ángel porque chavorruco con sueño. Mientras él iba por su café, hice algunas anotaciones en mi cuaderno.

Es graciosa la cantidad de personas que, justo ahora, necesitan un capuchino espumoso.

Apareció Ángel con su americano en una mano y un capuchino espumoso en la otra.

— ¿Cuál quieres? —preguntó. 

Escogí la cerveza.

Un hombre se acercó a la encargada y le pidió una botella de ron dividida en tres vasos de café. Le di un sorbo a mi “capuchino” y me integré a la masa. 

Había un círculo de pachecos sentados como en hoguera que entorpecía el flujo de gente y a nadie le causaba conflicto. Más adelante una mujer de mi edad llevaba en brazos a un bebé de ocho meses. Él parecía sentirse completamente a salvo.

Empezó a llover y quise lamentarme, pero Ángel desprendió un paraguas que llevaba en el compartimiento para paraguas de su mariconera. ¿Compartimento para paraguas?, ¿mariconera?  Bravo por este señor.

Tapamos al bebé. La lluvia duró quince minutos y seguimos nuestro camino porque yo tenía la firme intención de avanzar lo más adelante que la multitud me permitiera. Los teléfonos no estaban funcionando, así que perdimos la esperanza de coincidir con Toby. Sí, había cierta esperanza de encontrarnos con él porque es el único amigo en común que ha abrazado nuestra modalidad parental y se ha adaptado a ella.

Además es, en contraste, notablemente más alto que nosotros y eso me da cierta sensación de equilibrio. Ojo, que el gigante viene con nosotros.

Pero entonces Ángel sugirió ya no avanzar y con el estatus que le confirió su paraguas seguí mi estrategia de mantenerlo líder.  

7:40 pm

Alguien anunció desde el escenario que el concierto iniciaría en media hora y todos abuchearon.

— ¿Cómo que sólo van a tocar media hora?, —grité.

— No, no, no —me explicó Ángel poniendo una mano sobre mi hombro y con la otra indicando niveles descendentes en el aire para que yo dejara de gritar—, que empiezan a tocar en media hora.

El mal procesamiento auditivo es un elefante blanco en la sala de la neurodivergencia. Siempre con un ¿qué dijiste?, ¿cómo?, a ver: repítemelo. Muchas veces complemento la información con el lenguaje corporal o leyendo los labios de mis interlocutores; la etapa de los cubrebocas fue una insospechada tortura. Creo que por eso las personas piensan que soy empática, pero en realidad estoy esforzándome como el carajo por entender lo que dicen.

Sería terapéutico hacer una autoevaluación de todas las compensaciones que “sin querer” he desarrollado; por ahora me conformo con saber que mi principal herramienta de supervivencia es saberme compensadora. 

En este tipo de eventos, por ejemplo, me hago consciente de mi estatura y aplico la intensidad: bailo y canto hasta quedar afónica y adolorida. Lo que sea para olvidar que no veo nada.

Nunca veo nada

En la preparatoria mis amigos me cargaban en hombros casi todo el rato que duraba el concierto, pero ahora sí me dan miedo las botellas con orines que vuelan en el aire.  Y sí hubo botellas con orines de las que, afortunadamente, salí 90% librada. 

Nos establecimos unos metros antes del asta bandera y resultó el lugar con la intensidad justa y necesaria; en cuanto se restauró la comunicación celular, supimos que adelantito hubo desmayos y ataques de pánico. Con que así se siente tomar buenas decisiones: ya entendí la vida.

Mis niveles de alcohol eran mínimos y mi euforia estaba en su punto; con todo eso y Vicentico chamán invocando a la luna, me hubiera quedado satisfecha.

Aún había más.

Cuando salimos de casa estaba convencida de que tocarían Basta de llamarme así y sería un momento para la nostalgia, pero sucedió algo mucho más peculiar.

Escuché que Ángel dijo: vivirá América

—¿Cómo?, —me giré hacia él para leer sus labios.

—Que es la canción de Quiero vivir en América, —contestó.

Ahhhh, se llama «El quinto centenario». 

—Ándale, esa.

Y así fue como recordé la tragedia de América.

9:00 pm 

Había un esfuerzo colectivo por mantener la calma al momento de la retirada, aunque yo, para ser honesta, luchaba con mi mente para evadir las imágenes de la estampida de Corea hace unos meses, cuando finalizó la pandemia y la gente estaba ávida por reunirse.

Sobre todo me malviajaban los cuellos de botella que se formaban en las jardineras de piedra o en las boca calles. Tuve más presente que nunca mi condición de mamá y la responsabilidad de vivir.

Logramos llegar a Bellas Artes y de golpe el cansancio de la semana se asentó en mis chamorros. Recordé que casi todo el concierto me la pasé de puntitas y me sentí no joven. No joven pero no señora, aunque sí con un señor. 

—¿Qué hacemos? — le pregunté abandonándome a su decisión.

Consideró que, a juzgar por el río de gente esperando entrar a cualquier metro de alrededor, y que los Uber tardarían una eternidad en recogernos, lo más prudente sería esperar en algún bar. Fuimos a X a Y y a Z; todos abarrotados. 

Nuestra última opción era el Black, un lugar no tan cerca ni tan conocido donde se reúne gente que nada quiere tener qué ver con los Cadillacs. Aún así nos tocó sentarnos al borde de una jardinera, al lado de una pareja de extranjeros que buscaban swingers.

Dejamos la cerveza a la mitad y caminamos al metro Hidalgo. Pensaba en las cucharas que se me iban descontando a cada paso, como en un videojuego de primera persona. Recordé la canción del Cuarteto de Nos “Yendo a la casa de Damian” e intenté decírselo a Ángel, pero no quería invertir una cuchara en hablar, así que sólo tomé su mano y caminamos en silencio.

11:47 pm

Los policías nos abrieron la compuerta de los torniquetes para que pasáramos sin pagar y les agradecimos con la cabeza. Supuse que lo hicieron porque el convoy a punto de llegar era el último. Caminamos por inercia hacia el reloj del andén y allí estaba Toby, como si siempre lo hubiera estado. Iba con Eli, su novia, así que entramos juntos al último tren, tan absurdos como en una cita doble de enamorados. Tan solo verlos se me rellenaron un par de cucharas. Decidimos ir por pizza y nos despedimos completamente sobrios, a mitad de la noche y con el equilibrio restablecido. 



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PARECE CHISTE PERO ES ANÉCDOTA

Salí en patines rumbo al trabajo. Llegué al metro y descubrí que había olvidado mis zapatos. Volví a casa por mis zapatos y descubrí que había dejado la llave adentro. Compré unas chanclas en el supermercado y me fui al trabajo. El día apenas comenzaba.

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