Querer no es poder

Bitácora TDAH


Un lugar entre los místicos

Empiezo a aceptar que una de mis grandes inseguridades se debe a la mala memoria que tengo desde niña. En particular la memoria de trabajo.

Siempre detecté que algo había conmigo, un tope que me impedía seguir el ritmo de aprendizaje. Tenía que esforzarme el triple y me sentía profundamente avergonzada por ello. En hacer la tarea se me iba toda la tarde. Para los exámenes mi método de estudio era repetir en voz alta la información una y otra vez hasta que se quedaba pegada en mi cerebro. Al otro día podía responder el examen con las palabras precisas, aunque la mayoría de ese conocimiento no hubiera podido ponerlo en práctica

En matemáticas es más ejemplar esta situación: no es que no entendiera cómo hacer una suma o una multiplicación, es que en el proceso los números se desvanecían en mi mente, ¿cuántos llevo, qué sigue, en qué me quedé?… y volver a empezar. Noté que resolver rápido cualquier ejercicio, o por lo menos en un tiempo «normal», casi siempre me llevaba al error, así que me volví obsesiva de confirmar. Es decir, repetir 4 o 5 veces la suma o lo que fuera, hasta obtener el mismo resultado todas las veces. En casa eso era posible, pero si en la escuela nos dejaban un ejercicio, el estrés era inmenso, pues tenía mucho menos tiempo para confirmar. Además todos me habían dicho que era inteligente, así que llevaba a cuestas el secreto de mi incapacidad, de mi mentira; yo era la más tonta y mi único talento era fingir extraordinariamente bien.

Esos sentimientos de vergüenza y culpa me acompañaron toda la vida académica. Empecé a tener enemistad con algunos maestros porque adopté la postura de «no es que no pueda, es que no me importa». Nada más alejado de la verdad: fallar era durísimo, pero reconocer que no podía era inaceptable.

En la universidad, el maestro de latín tenía una memoria fascinante. El primer día de clases se presentó y luego nos pidió presentarnos uno a uno. Éramos alrededor de treinta alumnos; en cuanto terminamos de decir nuestro nombre, él repitió el de cada uno desde el primero al último. Lo mismo hacía en cada grupo.

Qué poético el latín, qué estático, que digno de museo, como el fósil amonite. A mí me parecía aterrador que todo sucediera ipso facto y que tuviéramos que aplicar lo recién aprendido en el pizarrón, frente a sesenta ojos. ¿Cómo llegué tan lejos?, me preguntaba.

Fósil amonite

Experta en evasión, preferí dejar la clase. 

Luego me enteré que el maestro daba clases particulares y conseguí el dinero para pagarle, pero era un atentado a mi autoestima. Cada vez terminaba avergonzada y frustrada. Podía repetir las declinaciones como letanía: rosa, rosa, rosam, rosae, rosae, rosa, bla bla bla, pero al momento de hacer una declinación frente a él, todo se derrumbaba en mi cerebro; un ejemplo perfecto de disfunción en la memoria de trabajo.

Necesitaba mucho más tiempo para llegar a ese objetivo, o mejor dicho, necesitaba un método diferente a priori; hasta ahora lo sé. Finalmente pasé el extraordinario con ocho, pero no estoy segura si el profesor calificó mi ejecución o mi esfuerzo. Recuerdo que unos días antes me dijo: veo que necesitarás mucho tiempo para realizar el examen, y se rió amablemente, condescendiente. Es que además, el estrés que me producía fallar frente a él, hacía que se me nublara por completo la mente, al grado de escuchar su voz dentro de un túnel lejano, incluso a veces me sentía ausente y desconectada, como un semáforo descompuesto en un pueblo fantasma.

De regreso a casa un sentimiento recurrente desde la niñez: odio hacia mí misma, muchas ganas de golpearme a puño cerrado como en el dibujo de Robert Crumb. Y en muchas ocasiones, sobre todo en la adolescencia, no me quedaba con las ganas. «Me peleé con mi hermano», mentía.

Irónicamente tengo memoria para estos recuerdos vergonzosos, como si el dolor y la vergüenza fueran la única forma de dejar una marca. Por eso el diagnóstico en sí mismo ha sido tan terapéutico. Ahora estoy en proceso de descubrir mi propia manera de aprender, porque de que aprendo, aprendo. A ojo de buen cubero, creo que hago conexiones con lo que ya está fijo, con lo que de alguna manera sí retuvo mi memoria. No registro datos sino imágenes, agrupaciones, campos semánticos, analogías.   

Hay una definición del lingüista suizo Ferdinand Soussure que me vuela la cabeza porque identifico en ella mi forma de aprender. 

Resulta que el signo lingüístico es una moneda de dos caras: significado y significante, ambos son abstractos. Soussure da el ejemplo de «árbol»: el significado es el concepto y el significante es la imagen acústica; NO es el sonido del concepto, NO es la expresión física para referirnos al concepto, es la huella psíquica del sonido. (¿Es así, amigos lingüistas?).

Puedo imaginar una huella dactilar, un fósil, las pisadas de un lobo en la nieve, ¿pero la huella de un sonido, que además no la escuchan mis oídos sino mi psique?… Sí, sí puedo, porque tengo una lengua materna y sé cómo usarla. Nunca repetí las terminaciones de los verbos hasta el cansancio para poder platicar como se debe. 

Justo así se fija en mí el conocimiento. No sé dónde está la huella de un libro que acabo de leer, no sé si podría reseñarlo adecuadamente (por lo menos con una sola leída), pero sé que pasó por mí y me atravesó y tal vez modificó mis creencias o amplió un panorama, y en el mejor de los casos acarició mi espíritu. El problema es que esa aprehensión es totalmente inútil en las dinámicas de nuestro mundo. Y la verdad es que yo tampoco sé cómo hacer uso de habilidades tan etéreas. 

Por lo menos, empiezo a ser consciente de que mi memoria requiere anclas en situaciones específicas; tal vez esa conciencia me haga por fin encontrar la forma de adaptarme al sistema y ser productiva. O tal vez encuentre un lugar entre los místicos; a lo mejor debo, de una vez por todas, regresar al cristianismo y llamar a mi neurodivergencia, un talento espiritual.

Colegio Álvarez, 2do o 3ro de primaria; 2do o 3er lugar, quién sabe.



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PARECE CHISTE PERO ES ANÉCDOTA

Salí en patines rumbo al trabajo. Llegué al metro y descubrí que había olvidado mis zapatos. Volví a casa por mis zapatos y descubrí que había dejado la llave adentro. Compré unas chanclas en el supermercado y me fui al trabajo. El día apenas comenzaba.

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