Querer no es poder

Bitácora TDAH


Pelea o huye

La expectativa: un parto respetado, sin anestesia, con Ángel de coach recordándome los ejercicios del curso psicoprofiláctico.

La realidad: yo en el quirófano, sedienta, inmovilizada y a punto de cesárea. 

¿A todas nos amarran con los brazos extendidos o sólo a las que temblamos sin control?

Eran temblores violentos, casi convulsos. “Es por la anestesia”, dijo el doctor. Luego hizo un chiste, a su consideración, para romper el hielo: “Es mi primera operación; estoy un poco nervioso”

Las enfermeras apenas sonrieron. Una de ellas encendió la bocina inalámbrica que reposaba en una mesita metálica y parecía estar dispuesta para las ocasión, como un instrumento más. Bisturí, gasas, anestesia, chistes bobos, bocina.

Sonó Don’t stop me now, de Queen. Qué coincidencia; era la canción con la que me metía a la regadera durante el embarazo. No había otra forma de que yo pudiera desbloquear la actividad “Bañarme”, de mi lista de pendientes. Seguramente Ángel lo arregló todo; como si esas cosas pasaran.

La anestesia comenzó a hacer efecto y mi cuerpo lo detectó como una amenaza. Los pensamientos catastróficos hicieron su debut cuando dejé de sentir mis piernas.

¿Acaso no es lo esperable, dejar de sentir para anular el dolor del filo que atraviesa las entrañas?

En cambio, mi cerebro primitivo encendió todas sus alarmas y, ¿por qué no?, se concentró en la aterradora imposibilidad de mover las piernas a voluntad. 

“¡Pelea o huye, pelea o huye, pelea o huye, pelea o huye!”

Lo siento, cerebro: mis piernas no responden, mis brazos están clavados en una cruz.

El pánico se reafirmó cuando el monitor de latidos cardíacos aceleró su ritmo sin control.

Bum bum bum bum bum bum bum bum bum…

—¿Qué está pasando, enfermera? —preguntó el doctor—, luego solicitó mi historial médico para revisarlo, evidentemente, por primera vez.

Cuando leyó “Ansiedad generalizada”, se tranquilizó. 

— Erandy —me dijo—, si no te calmas voy a tener que sedarte y eso puede afectar a tu bebé. 

Si hubiera ojeado mi expediente me habría sedado desde el principio. Ahora voy a lidiar con esto el resto de mi vida.

— Ok —contesté.

Una enfermera me colocó un algodón mojado entre los dientes.

— ¿A qué te dedicas, Erandy? —prosiguió el doctor, seguramente con mis tripas entre las manos.

Era la oportunidad de demostrarle a mi cerebro quién estaba al mando.

— Escribo cuentos eróticos —contesté.

Las enfermeras se miraron entre sí. Tenían cofias quirúrgicas con estampados infantiles que hacían juego con sus filipinas.

— ¿Les cuento uno, doctor? —pregunté.

No podía huir, pero podía pelear.

El doctor titubeó. —¿Están de acuerdo, compañeras?

Hubo un pequeño revuelo de afirmaciones. 

—Todo sea por la bebé —concluyó. Luego ordenó apagar la música y cuando todo quedó en silencio, un influjo de dopamina me opacó el pánico. Estaba nerviosa, pero ya no tenía miedo de morir.

Escupí el algodón mojado. Tenía en ese entonces un pequeño relato que había escrito para un concurso de mini ficción y que me pareció representativo de las circunstancias. Traté de recordar con precisión la narrativa y yo misma me sorprendí de cómo las oraciones estaban tejidas en mi memoria; sólo bastó recordar la primera, para desencadenar una a una, todas las demás. Temblaba, eso sí, y mi voz fragmentada daba la impresión del llanto contenido:

Las taquilleras del metro saben bien que ninguno de nosotros es especial. Esa es su venganza porque nadie nunca toca sus manos. 
Se rehúsan a levantar la cabeza por mero profesionalismo.

Muchas de ellas descubren a su alma gemela y no pueden más que mirarla partir para unirse a otras almas gemelas que no se han enterado, como un muégano de carne en la pasarela subterránea de los anhelos.

Las más sagaces retienen en su memoria la impresión del caballero, y por la noche hacen el amor con su marido, aferradas a la silueta idílica, a la loción Fraiche, al porte tosco que se abre paso para llegar a ella y pronunciar esas palabras tan distintas del te amo: “veinte, por favor”.


Alzar la cabeza equivale a besar en la boca. Mirar de frente, antecede a insinuar denadas. De ahí a la sonrisa indistinta no falta nada. Y luego, sin más, un letrero en el cristal. Un mensaje de amor velado, para un solo destinatario y miles de aludidos:


“Que tengas un buen día” 


Hay que mirarlas: no comen, ni beben. No van al baño. Se les ve impulsándose hacia arriba con las puntas de los pies, para distraer al esfínter. Luego se dejan caer machacando el asiento con el culo, como ahuecando paja para calentar el nido.
Vuelven al hogar con la esperanza del casado, el cansancio del centinela y la vejiga a reventar. De ninguna manera eligen la posición de misionero. Piensan que hoy es el día en que se atreverán a pronunciar esas palabras fermentadas por los años:
“¿Puedo orinarte encima, mi amor?”
La espera abultó sus vientres; merecen un alumbramiento.

—O sea que… —dijo el doctor, que en ningún momento había dejado de mover sus manos dentro de mi vientre. 

—No, doctor. No se vale hacer preguntas, –contesté.

Las enfermeras habían evitado mirarme y yo a ellas, pero cuando acabé de hablar, una puso de nuevo un algodón entre mis dientes. Seguía temblando con violencia, pero mi frecuencia cardíaca se había estabilizado.

Noté que el doctor intentaba decir algo, pero no encontraba las palabras. Por fin dijo:

—De haber sabido que esa era tu medicina, Erandy… 

De nuevo el silencio, de nuevo este mundo con sus médicos y sus cesáreas y sus Don’t stop me now.

—Bueno, bueno: hagan pasar al esposo que ya es hora —indicó aliviado.

Entonces salió de mi vientre una niña, y entró Ángel con su cofia, con su bata y con sus lágrimas contenidas. En cambio, el llanto de Regina fue furioso, con un ímpetu extraordinario que reclamaba la vida.

Hola, mi amor, ¡ya naciste! Yo soy tu papá: te voy a querer y te voy a cuidar.

Disclaimer:

Decidí arriesgarme con este texto ficcionado porque doy fe de que siempre hay un consuelo en la ficción. Aún así me parece importante señalarlo y que cada quien decida si le parece relevante. O en palabras socarronas pero halagadoras de Ángel: «Para que se sepan que ese blog ya no será lo que prometió ser y que vayan buscando esperanza y consuelo en otro lado”

Yo creo que es un texto esperanzador y además, sincero.

Por último: quizás lo único ficcionado sea la meta historia: ciertamente no narré un cuento erótico en el quirófano, aunque es verdad que dije dedicarme a eso y que la emoción, en ese momento no identificada por mí como dopamina, opacó al miedo de morir. 

Lo demás es tal como lo recuerdo; sobre todo las palabras de bienvenida que le dio Ángel a nuestra hija.



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PARECE CHISTE PERO ES ANÉCDOTA

Salí en patines rumbo al trabajo. Llegué al metro y descubrí que había olvidado mis zapatos. Volví a casa por mis zapatos y descubrí que había dejado la llave adentro. Compré unas chanclas en el supermercado y me fui al trabajo. El día apenas comenzaba.

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