Querer no es poder

Bitácora TDAH


Pececito busca anzuelo

Una charla en torno al consentimiento, la última sesión con mi psicólogo, un recuerdo desbloqueado: ¿ fue acoso lo de hace tantos años?

Por primera vez googleé su nombre y ahí estaba la respuesta: 

Denuncian a profesor de la prepa 3 de CDMX por acoso, y se da a la fuga

La nota es del 2019; lo mío, por ahí del 2001, cuando no había tendederos de denuncias, ni redes sociales, ni se hablaba de sororidad, y yo portaba el gafete de “pececito busca  anzuelo”

Había terminado mi primer noviazgo formal, una relación de esas en las que por primera vez, se visualiza el «para siempre» y la voluntad se disuelve. De esas que:

«Y es que empiezo a pensar que el amor verdadero es tan solo el primero, es que empiezo a sospechar, que los demás, son sólo para olvidar»

Los estragos ejemplares del amor romántico. Y del apego ansioso. Y de la disregulación emocional. Y del hiperfoco con las personas. Y de la ignorancia de todo lo anterior. 

La verdad es que fue como pasar de noche un año de mi juventud. No podía tener una conversación con alguien sin que él se sintiera amenazado; mis amigas le parecían muy putas y mis amigos unos aprovechados. La energía se me iba en interminables discusiones que eventualmente terminaban en cachetadas y empujones. 

En mi casa no era mejor. Como ejemplo, aquel día que llegué con los ojos hinchados a la parada del camión, donde me esperaba mi mamá al volver de la prepa. Apenas descubrió el rastro del llanto en mi cara, y me puso una cachetiza en plena calle.

—¿Otra vez tu estúpido novio? —dijo tirándome del cabello. 

En clase el maestro me adulaba frente a todos. Hacía lo posible por llamar mi atención.

«Erandy es un amor» «Erandy es un corazón con patas» «¿Verdad, Erandy, que esto y que aquello?»

El mismo día que acabó mi noviazgo, este depredador, digamos Víctor Peña, olfateó mi tristeza y decidió atacar.

—Erandy, ¿te quedas un momento conmigo al finalizar la clase, por favor? —dijo.

Guardé mis cosas muy despacio para dar tiempo a que los demás salieran.

—¿Estás bien?, preguntó en cuanto todos abandonaron el aula.

Me quebré por completo en ese instante. Vacié mi llanto frente a ese hombre que fue capaz de percibir mi tristeza. A partir de ese día, hablamos a solas al finalizar cada clase. El salón era el último del pasillo y su materia la última del turno vespertino; un escenario nocturno y solitario. El locus amoenus de los carroñeros. 

Alguna ocasión se ofreció a llevarme a mi casa. Le pedí que me dejara en San Juan y Molina. Se estacionó y me interrogó ya no me acuerdo de qué tanto. Lo que sí recuerdo es cómo me sentía y cómo esas contradicciones me paralizaban. Validación y consuelo por un lado, y por otro, la terrible incomodidad de que su mirada fija en mí, no me diera ni un respiro; estaba pendiente de cada uno de mis movimientos y de mis expresiones. 

Otra noche en el aula vacía, me dijo:

—¿Yo te cuento un secreto y luego tú me cuentas uno? 

Acepté, ¿había de otra? Era una época en la que no se discutían las aristas del consentimiento. Decir sí equivalía a decir sí, independientemente de las posiciones de poder y vulnerabilidad. 

—Una vez hice el amor en los viveros de Coyoacán, a plena luz del día. Te toca —dijo sin despegarme los ojos.

Pensé que era su manera de empujarme a la catarsis, como la primera vez cuando exploté en llanto frente a su escritorio. A fin de cuentas era psicólogo, ¿cierto?

—No me ha bajado —hice un esfuerzo para no agachar la cabeza—, ¿usted cree que… tú crees que debería decirle a mi ex?

Me miró los pechos desde su altura:

—Revísate  

Se me congelaron los músculos. Él hizo ademanes de levantar mi blusa con sus dedos y repitió:

—Revísate 

Por unos segundos me hice consciente de mi entorno y de mí misma en segunda persona, como si estuviera viéndome actuar para una película sin haber leído el guion. Por fin reaccioné y di un paso atrás.

— O sea, ¿cómo? —pregunté con el ceño fruncido.

— En tu casa, Erandy… si están más grandes, si el pezón te ha crecido. —aclaró.

Posiblemente yo había entendido mal y Peña no me estaba invitando a levantarme la blusa frente a él, pero ¿con quién discutirlo? Ni modo de regresar con mis amigas después de tanto tiempo, sólo porque estaba triste o embarazada.

Mientras, mi ex se paseaba con su careta de campeón, echando carcajadas con sus amigos, a quienes de ninguna manera había dejado de frecuentar. 

Entre cientos de jóvenes yendo y viniendo con su nuevo nivel de autosuficiencia, yo estaba completamente sola. O casi sola: ¿no tenía acaso a mi psicólogo de cabecera?

Una década después, vi un documental sobre el acoso de un alto funcionario a su secretaria. El grupo que defendía al político, se manifestó frente al juzgado y una mujer furiosa con una pancarta, salía a cámara diciendo: «¡A mí no me acosa nadie si yo no quiero!» Mi papá miraba la tele recostado en el sillón. Cuando escuchó a la mujer furiosa, asintió con la cabeza y remató con un “es verdad”.

Por eso agradezco que a mis 17, un maestro bohemio y bonachón que se amigaba desinteresadamente con los alumnos, me advirtió veladamente:

—¿A ti te da clase Víctor Peña, no? Fíjate que lo he visto con varias chavitas. Apenas ayer con Rocío, del 401. Bonita ella. Pobre niña.

Yo conocía a Rocío. En verdad era bonita.

Como mecanismo de defensa empecé una nueva relación con alguien del grupo y todo volvió a la normalidad: Víctor Peña se alejó de mí, recuperé a las amigas, y sobre todo, continué mi recorrido frenético hacia el amor romántico. Di a luz un Frankenstein con extremidades toscas y mal zurcidas. Lo quise mucho, la verdad; le di de mamar hasta que tuvo dientes y me arrancó la carne. Todavía lo escucho gruñirme al oído:

«Revísate»



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PARECE CHISTE PERO ES ANÉCDOTA

Salí en patines rumbo al trabajo. Llegué al metro y descubrí que había olvidado mis zapatos. Volví a casa por mis zapatos y descubrí que había dejado la llave adentro. Compré unas chanclas en el supermercado y me fui al trabajo. El día apenas comenzaba.

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