Dedicado a Ángel
“Estás deshidratada”, dictamina Ángel al primer síntoma de lo que sea que yo tenga y no acepta réplicas. Dice que tengo una aversión ancestral al agua, algo así como las brujas.
No me lo dice, pero lo que odia en realidad, es que me automedique al primer indicio de malestar. Reconozco que no parezco muy sensata, pero quien sufre migraña sabe que es necesario cortar el episodio lo antes posible, así que cuando salió a fumar me apresuré a buscar mis pastillas en el botiquín de viaje.
Metí la mano a ciegas y me hice un corte profundo en el pulgar derecho con una cuchilla de afeitar que andaba suelta. Para ser una herida pequeña, las gotas de sangre eran abundantes y me asusté. Presioné mi dedo muy fuerte desde la falange y una sensación de desvanecimiento me impulsó a gritar. Ángel corrió hacia mí con el cigarro en la boca y evitó que me golpeara la cabeza contra el suelo. La dueña del lugar, una anciana que nos ofreció su patio rústico como lugar de acampada por cien pesos la noche, atravesó el lugar en carrera para llegar a mí y entre ambos me recostaron en el piso de tierra, donde tuve la convulsión.
Ahí tumbada, a mitad de la bifurcación de no sé qué camino de terracería, en el corazón de Catemaco, Veracruz, tuve una alucinación que desconfiguró mis expectativas de los siguientes años.
Se me proyectó la imagen de un tragamonedas clásico, de aquellos con tres rodillos giratorios activados por una palanca manual. Fue aterrador que esa máquina análoga, impulsada por un interruptor totalmente ajeno a mi voluntad, diera vueltas frenéticas sin intención de parar su carrera. Supuse que hasta detener ese mecanismo, aquel violento ataque fisiológico cedería.
A pesar de que mis ojos solo miraban dentro mío, era capaz de percibir el entorno con precisión; Ángel repetía mi nombre con una seriedad desconocida y la mujer hacía rezos en otra lengua mientras me rociaba alcohol con una flor de cempasúchil. Un gallo provocó una polvareda con sus patas gomosas, y luego se dedicó a batir las alas en medio del remolino para demostrar su potestad.
Adentro, logré distinguir que las figuras mentales eran imágenes de mi vida en distintas etapas; nunca supe si la finalidad era hacerlas coincidir o pescar tres diferentes, pero cuando tuve claro que sólo al fijar una línea podría salir del trance, enfoqué los pensamientos y se reveló mi suerte.
—¡Ya está reaccionando!, anunció Ángel resbalando las manos por su cara.
Su cigarro se consumió entre las nubes de polvo que fabricó el ave. Les pedí mi botiquín, pero solo me dieron un dulce de miel y un vaso de agua. La anciana, una mujer impasible, amarró un hilo rojo en mi dedo herido. Dijo que alguien estaba tratando de hacerme daño y puso entre mis manos la flor con la que me humedeció el cuerpo. «Llévala contigo a tu destino y ahúmala en cuanto puedas», apretó mis manos entre las suyas y regresó a su dormitorio como flotando.
Ángel seguía impactado. Me confesó que mi cara se puso espantosa durante el suceso; la boca torcida y abierta, los ojos en blanco. Un poco avergonzada, le conté mi delirio y dijo que el número tres siempre representa la Divina Trinidad. Dios en tres personas. El máximo dogma. No estaba dispuesta a hacer encajar ese rompecabezas para seguirle el juego, así que sólo sonreí con la mirada gacha. Pero insistió.
—Siempre supimos que tarde o temprano volverías al cristianismo —dijo posando su mano en mi hombro.
—Ya está, de regreso nos casamos. No podemos seguir viviendo en adulterio; Dios me está hablando y fuerte, —contra ataqué.
—Te reprende porque te ama.
—Amén, —concluí.
La noche anterior fue excitante. Asistimos al cierre de un festival cultural en torno a la Fiesta de la Virgen del Carmen y una cantante extranjera muy conocida que llegó de incógnita, improvisó un espectáculo magnífico en el escenario principal. Ángel me cargó en hombros casi todo el tiempo y yo permití que aquella mujer en el escenario, me atravesara las emociones con su performance y su voz. Anhelé, como muchas otras veces, tener una mente y un cuerpo resistentes para permitirme consumir alguno de los psicotrópicos que rondan siempre estos eventos. Estoy segura que sólo fue un deseo. Cerveza sí, siempre. Pero el clima árido nunca facilitó que mi organismo retuviera el alcohol por mucho tiempo.
Llegamos exhaustos a nuestro campamento, pero tan sobrios como para charlar todavía un par de horas antes de dormir. Fue la última conversación que tuvimos antes de mi parteaguas espiritual.
—¿Cómo te sientes, ya vas a creer en Dios?, —preguntó desenmarañándome los rizos.
Sobre nosotros se dispersaron las estrellas, también platicando entre sí con su coloquio universal.
—¿Te acuerdas de esa película en la que el protagonista se corta la piel y le entra el demonio?, —contesté.
—No pudo ser. Siempre que te quedas dormida te persigno.
—No cuenta si no beso la cruz.
—La besas. Entre sueños la besas. Es porque de niña te bautizaron en la verdadera religión.
—Al parecer no fue suficiente.
—Ya sé —exhaló con dramatismo—, admito que hace tiempo di tu alma por perdida.
—Amén.
Chocamos los puños y nos dimos un beso de pico. La voz de Ángel había recuperado su volumen y su semblante el color.
Bebimos cerveza y nos quedamos dormidos con la charla del cielo, hasta que el gallo gigante anunció la mañana. Regresamos en silencio por el mismo camino de tierra que nos llevó a ese paraje. El equipaje en mi espalda podía justificar mi joroba al andar, pero mi espíritu estaba genuinamente encorvado.
Imaginaba enfermedades terribles que podrían estar alojadas en mi cuerpo aparentemente sano; pero también temía algo etéreo, algo demoníaco que prefería no expresar por si acaso la expresión funcionara como conjuro.
A unos metros de la carretera, bajo un matorral espinoso, descubrí una mano pequeñita de plástico. Observé si alrededor había más partes de muñeca, pero sólo encontré tierra seca y piedras.
—Mira —dije levantándola con curiosidad—, ¿dónde estará el resto?
Ángel le sopló el polvo, la examinó y dijo que tenía un corte en el dedo gordo.
—¿El gordo? ¿Qué mano es?, —preguntó.
—Derecha.
Hicimos contacto visual. Le enseñé mi pulgar derecho. Misma herida, mismo lugar. Lo único que distinguía mi mano era el hilo rojo que me anudó la anciana. Empuñé con fuerza el miembro de plástico y lo lancé tan lejos que ni si quiera se oyó caer.
Fueron 9 horas desde la Central de Autobuses de Veracruz hasta la TAPO, en el Distrito Federal. Rentábamos un departamento amplio y luminoso en un barrio que todavía no había alcanzado la gentrificación. Lo primero que hice fue ahumar mi flor apenas viva. Luego me tumbé en el futón acolchonado que compramos por e-Bay. Ángel se disponía a desempacar la ropa sucia pero le hice un gesto de desaprobación. Se sentó a mi lado quitándose los zapatos y los calcetines.
—Quiero que tengamos un bebé —le dije cuando se puso cómodo.
Nos miramos hasta que el sahumerio nos enrojeció los ojos. No estaba asombrado. Me hizo cosquillas y quedé vencida, entonces me persignó con diligencia y yo besé su cruz.

















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