6:00 am
Todas las ventanas están empañadas en el departamento 13. Dibujo un corazón de un sólo trazo y lo ilumino frotando mi dedo sobre el vidrio. Pongo a calentar el ponche en un pocillo de peltre. Verifico que Ángel y Regi estén muy juntos, protegidos del frío boscoso con el edredón de borrega. Abro la regadera, les dejo la bocina sobre la cama con la canción del lago de los cisnes para que espabilen. Me meto a bañar. El festival navideño de Regi es a las 10 y aún debo terminar su diadema de plumas.
Repaso bajo el agua todos mis errores, la charla en terapia, lo que falta por hacer antes de irnos y luego de volver.
Se está muy bien entre el vapor y el silencio y por un momento yo digo que sí.
Me siento en la cama con la bata puesta y el pelo escurriendo (se supone que es malo enroscarlo en una toalla). Ahora suena El cascanueces. Hay un tintineo que no parece parte de la canción; es un goteo constante, con cierto ritmo. Dejé mal cerrada la llave, pienso. ¿O tan temprano está lloviendo? Me asomo a la calle por donde dibujé el corazón: nada de lluvia. El sonido es más bien un burbujeo constante, como el oxígeno de los acuarios.
En el pasillo hay un rastro de gotas que dejó mi cabello. Pienso en las metáforas que le gustarían a Regina: cabello fuente, cabello grifo, cabello nube, cabello triste. Cabello llanto.
El día reparte su ráfaga de promesas y yo sigo en lo dicho: hoy sí.
Recibo un olor delicado, de guayaba con piloncillo y jamaica… corro a la cocina y el ponche está evaporado casi en su totalidad. Me como el tejocote que quedó pegado en el fondo del peltre. Todavía está caliente y se me escalda la lengua. Inhalo profundo y escupo el hueso por la ventana del cuarto. ¡A la chingada!, digo entre dientes mientras recorro con la mirada su trayectoria. Para mi suerte cae en la cabeza del señor de los tamales. Meto de golpe la cara y cierro la ventana con un azotón que despierta a Regina.
–¿Qué haces, mami?
–Nada… Mira, te hice un dibujo. Le señalo el corazón en la ventana pero se ha evaporado igual que el ponche en el pocillo.
Empiezo a considerar que tal vez no, hoy no va a ser el día en que yo pueda comprender el paso del tiempo.





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