Tuve una plática con mi madre. De esas que, más que charla son saetas. De esas que de tanto ejecutarse en la mente, cuando al fin se representan fuera de ella, parecen sacadas de un libreto.
Maga, le dije: tú y papá arruinaron mi infancia con el cristianismo.
Todo lo consultaban con el tal pastor Ofiur, quesque para no errarle. Para no ofender a Dios por ignorancia. ¿Te acuerdas cuando Noé y yo queríamos clases de Taekwondo? Ofiur dijo que era violencia.
Y cuando me invitaron a una liga de futbol infantil con niñas de secundaria. ¡Yo no tenía ni 10 años!, pero el entrenador me creía capaz de adaptarme al club; sólo bastaba tu consentimiento y que me compraras el uniforme. Eran los 90s, estaba de moda Luis Hernandez “El matador”, y mis amigos me decían “Matadorcita”, ¿te acuerdas? Iba a ser delantera, mamá.
Pero el pastor dijo que se me verían las piernas. Se te van a ver las piernas, dijiste. Hasta los calzones, dijo papá.
La guillotina pasó por el hockey, las clases de baile en la academia “Energía Vital”, la lucha grecorromana en la preparatoria. Y luego dejé de pedir, ya sabes, como esos elefantes a los que les encadenan desde pequeños, o las ranas que ponen en una olla a fuego lento y se adaptan al calor. Y se mueren. Los elefantes de tristeza, las ranas literalmente se mueren.
Dicen que lo de las ranas es falso, ya lo comprobaron los científicos. Para mí es más que cierto. Así me siento ahora: como una rana agotada en el fondo de una olla, con las tripas a punto de reventar y la piel desprendiéndose en escamas.
El cristianismo arruinó mi infancia. Tú y papá, alienados, zombis, títeres, subordinados de un hombre llamado Ofiur.
Mi mamá contestó:
Éramos tan pobres. No podíamos pagar clases extras ni uniformes deportivos. Quién sabe, en una de esas hasta viajabas a torneos. Tu papá y yo sabíamos que Ofiur se iba a oponer a cualquier actividad externa a la doctrina pentecostés y esa fue nuestra excusa.
Siempre fue el dinero, hija, pero tú a Dios nunca le cuestionabas nada.
Y así sin un perdón ni un te quiero, chocamos nuestras copas de sidra y brindamos sin saber por qué. Tal vez porque era Navidad y Dios estaba ausente. A mi madre se le llenaron de lágrimas los ojos, como para apegarse también a un libreto. Y yo me sentí dichosa por primera vez en mucho tiempo.




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