Querer no es poder

Bitácora TDAH


Cómo sería caer

Ahora que ya pasó el día de las madres, voy a ser la aguafiestas que les prometí.

Que Regi es adorable, que juntas somos una bomba de ternura, que se les alborota el útero… queridas amigas, aprecio mucho que me lo digan, pero no se fíen de mis videos sin saber la contraparte.


También yo romanticé la maternidad y eso que aún no nacía el bebé de Yuya. Por eso vengo aquí, una vez más, a decirles las consecuencias de tan falsas expectativas.

Así que, ¿tienen un minuto para hablar de la depresión posparto?

No hay un día preciso para señalar cuándo inició la depresión. Fue filtrándose entre las grietas y fracturó los andamios con que me había construido. Ahora que lo analizo en perspectiva, lo primero fue sentir cómo iba desfasándome de los sucesos, como si llegara tarde a cada evento de la maternidad, y luego, para no cargar con esa culpa, tuve que obligarme a ir cuesta arriba para recuperar lo perdido, pero sin una pizca de energía.

Tenía la idea de que todos amaban a mi bebé más que yo misma, deseaba volver al embarazo y postergar el parto tanto como se pudiera. Porque el embarazo es empoderamiento, bienestar pese al cansancio,  fuerza física y espiritual; pero el posparto es, o fue al menos para mí, un precipicio del que empecé a caer sin darme cuenta.

Necesitaba desesperadamente sentir como antes, esa libertad de huir de cualquier lugar si me daba la gana, de abandonarlo todo, de ser sólo yo la única en sufrir las consecuencias de mis actos.

Cuando subía a la azotea a tender los pañales, no quería bajar nunca, me asomaba a la calle desde la cornisa e imaginaba cómo sería caer. A la hora de dormir, delegaba a Ángel el lugar más cercano a la cuna para evitar a toda costa a esa pequeña niña indefensa.

“No siento que yo sea su madre”, le decía a mi terapeuta. “Pero no es que no la quiera, te lo juro”.

Salía a la calle a regañadientes, por la insistencia de Ángel. Nos sentábamos los tres en una banca del parque, él con su fular y su bebé pegada al pecho, y yo con mi llanto incontenible. “Haz lo que tengas qué hacer para estar bien”, me decía. Lo que yo quería era regresar el tiempo.

Las inconfesables palabras que pasaban por mi mente eran: condena, desesperanza, irremediable, deshacer.

La percepción de incapacidad que siempre había estado ahí, alias baja autoestima, se exacerbó infinitamente. Sólo me sentía útil cuando amamantaba, por eso me aferré a la lactancia a pesar de las llagas y la sangre.

Años después entendí que al cuadro depresivo había que añadirle la falta de diagnóstico del TDAH. Una puede andar por años con ciertas técnicas medio funcionales de supervivencia, hasta que un cambio radical en el estilo de vida, hace que esas muletas mentales, sean inútiles y hasta estorbosas. La maternidad fue el arrebato de cada compensación que había adquirido inconscientemente a lo largo de mi vida. De pronto tuvo sentido que haya postergado mi maternidad hasta los 34. Siempre supe que no me alcanzaría con ser esa yo.

Tuve la certeza de que nunca volvería a ser feliz y vi todos los anhelos de mi alma en una fogata; de ahora en adelante me tocaba poner orden y empeño en otra vida, cuando aún no veía logros realizados en la mía. Sentí empatía con las madres fugitivas. Me auto nombré la persona más egoísta del mundo.

No quería estar a solas con mi hija, y a la vez creía ser una carga en casa de mi abuela. Mi mamá trabajaba más que nunca. Eso es lo que hacen algunas personas cuando las cosas se ponen difíciles.

Mis dos cuñadas se turnaban para estar conmigo y aún así mi único deseo era que Ángel llegara a casa. Terminé dos veces en urgencias de psiquiatría, con llanto fácil e ideaciones suicidas. Me dieron ansiolíticos además de los antidepresivos que ya tomaba. Dejé la lactancia ese tiempo y mi autopercepción de inutilidad creció infinitamente. La leche que me extraía terminaba en el retrete. Oro líquido en el desagüe.

Mi mamá se quedó en mi casa durante un par de semanas. Era increíblemente capaz en las tareas domésticas, pero seguíamos sin poder conectar. La convivencia fue como andar de puntitas en un campo minado. Un campo muy limpio y ordenado.

Leí en internet los factores de riesgo para desarrollar depresión postparto: haber tenido depresión o ansiedad en el pasado, tener al primer bebé después de los treinta, una mala relación con la madre, una mudanza en el embarazo, parto por cesárea, un duelo reciente. A todas les di palomita, excepto a la del duelo, pero ese vino después, casi a la par de la pandemia.

No puedo afirmar que la pandemia contribuyó a que mi estado emocional se desmoronara, porque cada día a solas con la bebé, me acercaba más los ataques de pánico o la psicosis, y cuando anunciaron el home office para evitar el contagio y llegó Ángel en un taxi con la computadora del trabajo y la determinación de ser el mejor compañero de vida, juro que pude ver sus alas. Sentí el alivio del condenado a la horca que es indultado en el último momento.

Alguien muy querido me dijo en broma que hasta el evento histórico se alineaba para que yo pudiera salir adelante.

No creo que el universo haya conspirado a mi favor, y estaba todavía muy lejos de curarme, pero se había abierto ese portal donde podía ver claro que la pandemia no me alejó de mi familia, y que mi soledad no tenía qué ver con la cuarentena; la siguiente tirada era generar nuevas redes de apoyo.

La escritura me las trajo.

Sincerarme como en tribuna y mostrar mi dolor, atrajo a otras madres en condiciones semejantes. Hicimos red, madres primerizas la mayoría, algunas desconocidas y otras que siempre estuvieron ahí, al margen de mis amigas de siempre, pero ahora se me presentaban de frente, con la misma desnudez que yo les ofrecía. 

Diana, Sofi, Mary, Meli, Thalia, Isa, Anita… la chica desconocida que me mandó un inbox para asegurarme que se había curado de la depresión y que yo también lo haría. Todas mamás, todas primerizas, siempre dispuestas a maternar en tribu. Hoy tengo la certeza de que ustedes me salvaron. Hoy que disfruto mi maternidad, hoy que tengo diagnóstico y que empiezo a perdonarme, hoy que veo aquella etapa como algo superado, hoy brindo por ustedes y por las que se han unido en el camino. 

(Y no, Regina, lo siento amor mío, no vas a tener hermanitos)



Deja un comentario

¡Hola! Tu apoyo me ayuda a comprar mi medicamento y a seguir documentando el efecto de la medicación para el TDAH en esta bitácora ⬇️

PARECE CHISTE PERO ES ANÉCDOTA

Salí en patines rumbo al trabajo. Llegué al metro y descubrí que había olvidado mis zapatos. Volví a casa por mis zapatos y descubrí que había dejado la llave adentro. Compré unas chanclas en el supermercado y me fui al trabajo. El día apenas comenzaba.

Suscríbete

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar