Querer no es poder

Bitácora TDAH


Encarnación

Después del diluvio Noé vivió trescientos cincuenta años, y todos los días de Noé fueron novecientos cincuenta años. Entonces murió.

Génesis 9:28-29

I

El 20 de agosto a las 9 de la noche, mi amigo Gabriel me escribió para contarme que se sentía un tarado. Su esposa estaba en un velorio y él la mensajeó para preguntarle “¿cómo iba todo?” Nada puede ir bien en un funeral, se reprochó. Intenté arrebatarlo de la culpa: no es para tanto, se sobreentiende, bla bla bla. 

Discutimos sobre la imprudencia y el humor negro. Me mandó el video de unos youtubers haciendo chistes de funerales, pero no lo abrí porque me caía de sueño.

Más tarde, a eso de la 1 de la mañana, sonó el teléfono de casa. Era mi hermano, había llamado para decirme que papá había muerto.

Asentí con la cabeza para obligarme a entender, luego le pedí que lo repitiera para Ángel. No estaba segura de poder comunicárselo yo. 

Ángel colgó y dejé que me abrazara, pero me mantuve tiesa como proyectil, con los brazos pegados a los costados. Inútilmente, usé todas mis fuerzas para no pensar que en la mañana se me había hecho tarde para la visita y la pospuse.

Dentro de mí, en mi imaginación y con todas mis fuerzas, estrellé mi cabeza contra la pared, una y otra y otra vez. Incluso a la muerte de mi padre llegué tarde. 

Regina dormía en su habitación y tuve que moderar mi plañido. De todos modos se despertó y con increíble serenidad, hizo preguntas muy concretas. Tenía entre sus brazos a Globo, un osito de peluche que se ganó en la feria por pescar 10 patitos de hule. 

“Pero mami, ¿por qué te pasó algo así a estas horas de la noche?”

II

Dormí unas horas para evitar la migraña que me da con la deshidratación. Cuando desperté, Ángel hacía una lista de víveres: café, pan, aspirinas, alcohol en gel, flores.

El mercado de Jamaica nunca había sido tan triste y aún así, las flores estaban bellísimas. Decidimos comprar un ramo de esto y un ramo de aquello según nos gustaran, como si las recogiéramos en un día de campo. Estoy segura de que en otro contexto recordaría el nombre de las flores; los hubiera anotado para decírselos a Regina, como cuando descubrimos los “ranúnculos” y nos hizo gracia. Pero aparte de las rosas y los girasoles, no me acuerdo de ninguno.

Recuerdo los colores, eso sí,  porque todos pasaban por el filtro frío y acuoso de mis gafas de sol y de mis lágrimas. Había una gama de violetas, como en las películas nostálgicas, y  una gran paleta de azules. Azul petróleo, azul turquesa, azul añil. Cyan, lapislázuli, lavanda, cobalto. Azul infancia. Azul demencia.

Le pedí a Ángel que nos detuviéramos en un café. Tenía que concentrarme para contestar mensajes. Me preocupaba mi tía M y mi abuela, así que las llamé. Estaban tranquilas, mi abuela incluso agradecida con Dios. Al final le mandé un mensaje a Gabriel para darle la noticia y, como es vecino, proponerle que nos fuéramos juntos al velorio. Se lo escribí debajo de su video de chistes sobre funerales que aún no había abierto:

“Te vas a cagar…”

III

El velatorio estaba lejos de la ciudad y asumí que llegaría poca gente, pero no fue así, porque cuando unos llegaban, otros se iban, casi siempre en grupitos de cinco o seis. Asumí que estarían todos los hermanos de mi papá, ¿por qué no lo haría? También me equivoqué. Y me sentí una ingenua, porque al parecer todos habían dado por hecho, que quien huye de los cuidados, se esconde cuando llega la muerte.

Doy fe de que la estadística es cierta: las cuidadoras somos mujeres casi siempre, sin importar la cercanía del vínculo, la religión, el nivel socioeconómico, o el mismo estado de salud de quien cuida. Entre mujeres nos cuidamos y entre mujeres los cuidamos a ellos, aunque ellos nos abandonen sin importar el género.

IV

Sentí por primera vez del otro lado, la dificultad de quienes no saben cómo consolar.

Algunos me evitaban a toda costa o evadían mi mirada. Me volví a poner los lentes y fui yo a abrazarlos.

Otros, sospeché, esperaban verme devastada en cuanto llegaran, abrazando la caja o de rodillas suplicándole al Dios de mi infancia. 

Quise explicarles que mi duelo empezó hace 4 años, con el diagnóstico. No dije nada. En cambio, varios me dieron explicaciones a mí. 

V

Necesitaba que mi cerebro entendiera lo que estaba pasando, así que abrí la caja para tocar a mi papá; desde el fondo se oyó un ¡No!, con un susurro sórdido.

Si lo quiere tocar que lo toque, dijo mi hermano.

Toqué sus manos entrelazadas, su frente helada y los huecos de su cráneo. Se murió de hambre, pensé. Le acaricié el cabello que, contra todo pronóstico, se aferró a su cabeza hasta el final; “prioridad: neurodegeneración”, bromeaba con él cuando le hacía masaje en el cuero cabelludo con la escobetilla de palma que me regaló mi abuela. Se saltó la calvicie, mi padre.

Me acordé de que no hay ciegos con esquizofrenia pero no sentí consuelo alguno.

VI

Se me ocurren muchas respuestas a la pregunta de Regina ¿por qué me pasó algo así a esas horas de la noche? Todas convergen en el hecho de que no soy tan importante.

Yo hubiera querido estar con mi padre en su delirio, y calmar su agonía y pedirle perdón o perdonarlo y prometerle cosas o leerle el salmo 23 y el 91 mientras él hacía la transición mirando la luz, pero su muerte no se adaptó a mis horarios, ni me pasó sólo a mí; nos pasó a todos los que lo queríamos, y principalmente a él. Lo malo es que fue lo último que le pasó en la vida. 

VII

Mi mamá y mi hermano estuvieron de acuerdo en que fuera yo quien conservara las cenizas. Conforme se acercaba la hora de la cremación, la certeza de la muerte me parecía cada vez más devastadora. Recibí un video de mi papá afinando su guitarra y me fue imposible contener mis deseos de llorar a mares, deseos que en realidad suplían mi necesidad de abrazarlo. De abrazar al de antes, de abrazarlo cuando tenía carnita, cuando no pesaba 34 kilos. Cuando podía corresponderme el abrazo y sonreír y cantar Reloj no marques las horas porque voy a enloquecer…

Qué ambiguo es el duelo cuando arrebata de a poco. 

Nos dijeron que podíamos esperar en la sala del crematorio o volver en cuatro horas. Fue un alivio porque yo imaginaba algo así como los hornos de Hitler pero con ventanas. Mi mamá y mi hermano decidieron irse. Para ellos todo había empezado desde antes y necesitaban descansar. Ángel y yo salimos a fumar mientras llegaban los últimos dos amigos que me hicieron compañía y los únicos que estuvieron durante la cremación. 

—¿Aquí no hay dónde echar la ceniza?, —le pregunté a Ángel mientras me acercaba el encendedor, pero antes de que contestara, caché la ironía. —Sabes a lo que me refiero, dije con suspicacia.

No le hizo mucha gracia pero se rió para no hacerme sentir mal. 

VIII

Tardé una semana completa en sacar la urna de la bolsa negra en la que estaba, y otra semana más en colocarla en un sitio definitivo. Angel pintó de blanco la pared donde la ubicamos y acomodé en la misma repisa un terrario de cactus, una suculenta rosario de verdes bolitas colgantes y un atrapasueños que me regaló mi hermano.

Después comencé a pensar que la urna podría afectarme de algún modo psicológico o psicosomático, así que  busqué alternativas. Recordé que mi papá, igual que mi abuelo, siempre tuvo la espinita de volver a su pueblo, así que de pronto me pareció excelente plan viajar allá para esparcir sus cenizas. Ya tenía el libreto en mi cabeza:

“Vine a La Encarnación porque me dijeron que acá vivía mi padre…”

Le pregunté a mi tía M cómo llegar a La Encarnación, Hidalgo y me contestó más o menos lo siguiente:

“Mira bonita, no quiero desanimarte. Ningún transporte público sube para allá porque está muy peligroso, tu tía S fue hace un mes y se volcó su camioneta. A nada estuvo de caerse al barranco. Por eso andaba lastimada, ¿te acuerdas? 

Yo fui hace unos años, con Fredo y Pila. Sí llegamos hasta arriba, pero allá no hay dónde hospedarse. Unos conocidos nos dejaron pasar la noche. Sufrimos mucho por el frío y además nos picaron muchos bichos”

Busqué en internet y todo es cierto. La Encarnación, Hidalgo, es conocido como “el pueblo fantasma”, las calles empedradas están completamente vacías y el silencio es impresionante. Los vestigios de una gran ex fundidora de hierro, remiten a un castillito medieval reclamado por la naturaleza. Un clima húmedo, tantísima vegetación, neblina de cuento de hadas. Imaginé a mi papá de niño, corriendo entre la maleza, comiendo las manzanas que él mismo descuelga de los árboles, con la felicidad del niño consentido, del primer hijo de una madre, que para tener a su disposición el mundo entero, le basta con abrazar a sus gallinas o trepar a la piedra más alta y mirar el barranco, y volver a salvo a casa para comer pan de pulque, sin saber de la ciudad, ni sospechar del olvido, ni de la muerte.

Encarnación: acción que realiza una entidad no física para tomar la forma de la carne. Tú has dejado la carne, papá, la dejaste de a poquito hasta que se volvió cenizas y ahora no puedo abrazar tu cuerpo, ni enfermo ni sano. ¿Qué entidad no física te corresponde ya? 

Ahora mismo, con mi imaginación y con todas mis fuerzas, estoy abrazando al niño que fuiste y que eres: a este abrazo siempre llego a tiempo. 



Una respuesta a «Encarnación»

  1. Avatar de miguel Pedraza Arguello
    miguel Pedraza Arguello

    Leer este escrito es una lección para el ser humano al que no lo ciega el dolor de la ausencia de una alguien y en este caso un padre. Por el contrario es repasar una vida con la frescura y la certeza de que nunca lo podrá olvidar a partir de mirarlo desde su infancia y así tenerle vivo de por siempre. Felicito a la autora por este relato que nos lleva a muchas reflexiones.

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PARECE CHISTE PERO ES ANÉCDOTA

Salí en patines rumbo al trabajo. Llegué al metro y descubrí que había olvidado mis zapatos. Volví a casa por mis zapatos y descubrí que había dejado la llave adentro. Compré unas chanclas en el supermercado y me fui al trabajo. El día apenas comenzaba.

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