economía
1. f. Administración eficaz y razonable de los bienes. 2. f. Conjunto de bienes y actividades que integran la riqueza de una colectividad o un individuo.
1.
Formulé una nueva teoría acerca de mi impuntualidad, que resultó ser la teoría general de mi modus operandi.
Primero reconocí con amargura que llego tarde especialmente a lo que más me importa. Al festival del día de las madres, a mis clases de rappel, a las citas con mis amigas, a mi propio festejo de cumpleaños… La frustración de corroborar esta conducta una y otra vez sin poder incidir en ella, creció tanto en mi pecho, que tiré la toalla ante el reproche despiadado de mi discurso interno.
Te odio, Erandy. Te detesto. Te quiero arrancar la cara…
Quise hacer las paces. Me prometí que, si no lograba una solución, por lo menos daría con el motivo.
Con esa amabilidad pude cambiar mi perspectiva y detecté que, por lo menos en estos casos, mi conducta es un recurso para gestionarme la dopamina; si algún evento es motivante, utilizo la disponibilidad de dopamina que me produce, para repartirla en las actividades tediosas, esas que no he logrado palomear en mi lista de quehaceres.
No hay que perder de vista que la principal característica de un cerebro con TDAH, es la falta o la desregulación de la dopamina. Y es que este neurotransmisor no sólo tiene qué ver con el estado de ánimo, también está relacionado con el movimiento, el aprendizaje, la memoria y la toma de decisiones. Es por eso que me quedo paralizada, que procrastino, que empiezo fuerte y de pronto abandono. Llamarada de petate.
Entonces, si el domingo a la 1 de la tarde tengo mi añorada clase de danza aérea, elijo precisamente ese día por la mañana para lavar ropa, pintarme el cabello, quitar el cochambre de la estufa, reorganizar mi agenda… y todas esas cosas que por aburridas no hice durante la semana. Pretendo que todo esté listo antes de las 12:30 para llegar a tiempo a danza, pero, por supuesto, llego tardísimo. Otras veces ya ni siquiera hago el intento de ir y con la derrota mi corazón queda estrujado como en una decepción amorosa.
Hacer tantas cosas justo antes de mi actividad favorita parecería un autoboicot, algo absurdo. Erandy la absurda, pensaba, por si ya se aburrieron de presentarme como Erandy la chaparrita impuntual. Sin embargo, hay ganancias en mi agenda:
– ropa limpia ✓
– estufa limpia ✓
– castaño cobrizo no. 66 ✓
pero:
– clase de danza X
Ni modo, sólo se puede sacrificar lo que se ama. Una raya más al tigre.
Tiene sentido que toda la vida me haya comprado esta idea de mí: sólo puedo avanzar si echo a perder otra cosa simultáneamente.
– Autoestima X
2.
Dicen los que saben, que los TDAHs no pueden priorizar actividades, que alimentarse puede ser menos importante que armar un rompecabezas o investigar algo random en internet. Resulta una deducción muy lógica que la mala jerarquización de tareas comprometa la puntualidad; pero esa es una mera descripción de los acontecimientos, el señalamiento de un síntoma. En este caso, mi caso, me seduce más mi teoría acerca de la economía de la dopamina porque explica y no sólo describe. Me seduce, dije; por eso lo escribo y lo amaso hasta que tiene una forma satisfactoria. No haré nada más con eso.
3.
A las actividades disparadoras de dopamina natural, las llamo “actividades grúa”, y son las que me permiten ser una mujer funcional a costa de sí mismas. Esas que eventualmente abandono por culpa, vergüenza o rezago. En el mejor de los casos me engaño a mí misma con el pensamiento de que en realidad no me interesaban tanto.
Actuación, elaboración de títeres, dirección escénica, escritura creativa 1, 2, 3, 4…y todas las actividades extracurriculares que la FES Acatlán me ofreciera sin sacrificar mi horario escolar oficial. También: guion cinematográfico, fotografía, performance, dirección de cine, laboratorio de cuento…
Aprendiz de todo, maestra de nada.
He llevado en paralelo y en absurdo secreto, dos caminos complementarios con la creencia de que se contraponen, que integrarlos sería una falta de rigor. La academia nos enseña que dos líneas paralelas nunca se tocan.
4.
Me da ternura descubrir en retrospectiva, todo lo que tuve que hacer para avanzar sin notarme discapacitada (así me sentía, discapacitada de no sé qué), y me pregunto si con un poco de respaldo (familiar, docente, médico…), estas veredas contiguas hubieran formado vías comunicantes para nutrirse y desembocar en el mar, y no esta resistencia que se desmadra en desiertos estériles.
Mucha culpa había en descuidar mi carrera por aquellas bagatelas, porque finalmente la energía, elixir finito y limitado, se desparramaba a poca distancia de la casilla de salida, como eyaculación inhibida en el coito más anhelado.
A veces fallaba en una cosa, a veces en otra, y la mayoría fallaba en todo. Aún así esa fue la única manera que hallé (¿inconscientemente?), para transitar aunque fuera a paso de tortuga (y de tortura), un camino construido por campeones de la norma.
Mientras mis compañeros de clase juzgaban si mi exposición sobre Historia general de las cosas de Nueva España (1076 páginas) había sido basta, mi principal propósito, según las órdenes de mi cerebro, consistía en sobrevivir.
Se volvía secundario recordar lo que había estado leyendo con entereza durante tres semanas; decirlo sin que me temblara la voz ya era un plus. Ahora sé que mi memoria de trabajo no logra recuperar la información que hay en mi cerebro mientras la expreso, aunque me la haya aprehendido a fuego.
Irónicamente, tener actividades paralelas me permite desplazarme, pero en la simultaneidad pensamiento/acción (acá «memoria de trabajo»), todo se resquebraja. La dificultad para seguir instrucciones propias o ajenas, o llevar a cabo un plan, también es TDAH; la hiperactividad para mí es lo de menos.
¿Cómo gestionar todo eso cuando el corazón me late al mil y Estefani niega con la cabeza (ella es una erudita de Fray Bernardino) y la maestra evidencia mis muletillas con sorna.
Sobrevivir, Erandy, que sepas que te estás muriendo.
5.
¿Cómo es que llegué acá, codeándome con las Estéfanis y las Gabriela Martín del mundo? Estoy segura de haber hecho el ridículo con tanta frecuencia, que aún tengo pesadillas en las que vago por los laberintos de la FES Acatlán, sin saber dónde queda mi salón, apurada para que Rubén Darío no me cierre la puerta en la cara. ¿Qué hago aquí?, me resuena en la pesadilla, ¿por qué me inscribí a clase de Geografía si lo que yo estudio es Literatura? Ni siquiera sé quién es Javier Villaurrutia. No me había dado cuenta que, de hecho, ya se me olvidó leer. O sea, juntar las letras para obtener un ¿significado? Tengo que regresar a la primaria con la maestra Marisa y confesarle que todo se desvaneció, que no, que no soy de las inteligentes, que todo fue una confusión. Voy a empezar de nuevo, esta vez lo haré bien.
No sé a dónde pertenezco y ya me cansé de estar a la defensiva. Hay preguntas que solo puedo aplacar con una buena borrachera.
En eso tengo maestría, en evadir. Entonces hay tranquilidad y consuelo. Quizás no estoy tan mal. Hay gente que se periquea, dice el meme.
6.
Tengo otra teoría: soy floja y desorganizada; desconsiderada, cínica, autocomplaciente, indiferente y grosera.
Y esta culpa crónica y estas ganas de recuperar el tiempo perdido, sólo son condescendencias para conmigo, patadas de ahogada en la piscina del qué dirán, la línea que me separa del incompetente declarado, porque, todo el mundo sabe que “desde que se inventaron los pretextos se acabaron los pendejos”.
El TDAH y estas palabras, solo son maneras sofisticadas de ocultar mi deshonra.




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