La primera vez que tuve un ataque de pánico fue a los 22 años, cuando mi relación de codependencia se desmoronaba. Era domingo y el increíble silencio del metro, paradójicamente, me sobre estimuló. Además tenía una cita con alguien más y mi cerebro se oponía a entregar la estafeta.
Nada nuevo: ir de una relación de codependencia a otra relación de codependencia.

En esa época ni siquiera lejana, la salud mental era un espejismo y los conceptos «ataque de pánico» o «crisis de ansiedad», no estaban de moda; ni siquiera eran del dominio público. Recuerdo haber gogleado «taquicardia y mareo», «sudor frío», «extremidades adormecidas», «miedo repentino», «miedo a salir de casa», para ponerle nombre a lo que me sucedía.
Por primera vez en la vida asistí a psicoterapia.
La psicóloga me preguntó si ya había experimentado algo similar y dije que absolutamente no. Luego empecé a enumerar las excepciones.
—¿Ves cómo te boicoteas, Erandy? —concluyó.
En el transcurso de aquella relación tuve varios ataques de pánico, pero no los metía en ese cajón porque los había desencadenado la marihuana y todos sabemos que esos no son ataques de pánico, sino «pálidas»; tenían una explicación tangible y un culpable concreto.
Si lograra recordar la cantidad de veces que fumé marihuana en mi vida, seguramente no pasarían de cinco o seis. Bueno… tal vez diez contando las borregueadas y las dos que comí motcakes. En el 90% de los casos, la pasé terrible y lo más importante: el 80% de las veces lo hice por presión social.
Sé que en este punto hay un «ya siéntese, señora» que me revienta en la cara; ese es precisamente el meollo de este asunto, y es por lo que quiero ser tan específica con mis anécdotas.

A Mauro lo conocí cuando era un consumidor puro y duro tanto de alcohol como de marihuana. Tenía 18 años y vivía solo, así que su casa era receptáculo de otros como él (¿como nosotros?). A pesar de todo era relativamente funcional debido a sus condiciones; no quiero usar la palabra privilegios porque sería anacrónico, es más amigable decir que tenía muchas facilidades que daba por sentadas, como no pagar renta, no trabajar y recibir la mesada paterna.
1era anécdota: fumamos antes de salir al bosque de Aragón. Habíamos quedado con sus primos, pero yo tenía tanto miedo que le rogué que nos regresáramos a ver películas y a comer palomitas, o que en su defecto, me llevara a mi casa. Me subió a un taxi y me mandó sola, con el terror atorado en el pecho. Él se fue con sus primos y luego de unas cascaritas, bebieron y fumaron dos días seguidos.
2da anécdota: fumamos con un par de amigos de la preparatoria, así que me sentía confiada. De pronto tuve la sensación de que TODO se repetía en un loop aterrador. Se los confesé con algo de pena; ellos parecían de otro mundo, uno donde definitivamente yo no encajaba .
—¿TODO? —preguntó Mauro girando la cabeza muy despacio hacia mí. Luego hizo lo mismo dos veces más y se echó a reír.
Ese día me quedé varada frente al espejo porque tenía la impresión de que sólo así podía tener el control de mis gestos. ¿De mis emociones?
El círculo de pachecos mutaba y se robustecía con el paso del tiempo, y Mauro parecía encajar en todos. Yo en cambio, tenía que fingir para que me integraran; ese humo entraba a mi boca pero nunca a mis pulmones. Era mucho más fácil que decir NO. Había un mirar por encima del hombro, un «no entiendes la vida y la trascendencia de esto».
Me enganché en la discusión eterna de o la mota o yo. Él tenía la convicción de que la marihuana no era una droga, y que mi criterio era inmensamente pequeño; que él pensaba como yo, cuando iba en la secundaria.
Existía una sentencia implícita pero firme en esos círculos pachecos, que gritaba al abstemio «algo malo hay en ti; algo espiritual y etéreo a lo que no tienes acceso». La trampa estaba en que, señalar su personalidad aletargada y abúlica, sin una pizca de ambición, era negar la sabiduría ancestral y llamar sustancia adictiva a una planta de poder, era insultante. El dogma, sin más. Algo similar a un cristiano respondiendo » mi psicólogo es Dios», cuando se le sugiere asistir a terapia.
En psicoanálisis hay un término llamado insight, que es, grosso modo, un «caerte el veinte» de algo trascendental con respecto a ti mismo y a tu modo de vivir.
Algo parecido a las revelaciones que surgen en los rituales con las hierbas milenarias, sólo que en lugar de sesiones psicoterapéuticas, debes someterte a una preparación exhaustiva; con la Ayahuasca por ejemplo, se toma una bebida que produce vómitos y te depura el cuerpo.
Esperar que en cada consumo indiscriminado de una planta sagrada, surja una epifanía, es ingenuo, ofensivo y tristísimo, porque es la manera pseudoespiritual de justificar una adicción. Una manera por demás evidente.
Mauro pensaba que ok, él no era un chamán, pero tampoco un adicto. Definitivamente no era un chamán y sí un adicto.
Lo que realmente me desquiciaba era su rigidez cognitiva. La marihuana lograba integrarse de manera homogénea en su entorno y le conservaba más estable en comparación con los adictos a otras sustancias, por eso se sentía empoderado repitiendo una y otra vez palabras masticadas sin darse cuenta que eran sentencias sin argumento.
Y por supuesto la bradipsiquia lo hubo de alcanzar. Esto es el enlentecimiento de sus funciones cognitivas y motrices: era lento para moverse, pensar o hablar y ni si quiera estaba consciente de ello.
Se jactaba de no consumir drogas sintéticas, aunque eventualmente las consumía, puesto que la inminente tolerancia a la mariguana lo empujaba a avanzar en otros terrenos.
En varios momentos de esa etapa crítica, donde la depresión y la ansiedad se campechaneaban para tenerme tumbada, lo llamé para pedir su ayuda y descaradamente me llamó chantajista, de mente débil y con tendencia «Emo». Los Emos estaban más de moda que la salud mental.

Cuando se le acabó la gran fiesta de dos meses, yo ya tenía otro novio y no hubo vuelta atrás. Y aunque tuve la satisfacción de sus insistentes llantos y búsqueda de perdón, estaba lejos de sanar todas las heridas que con él habían sido expuestas, pero que surgieron mucho, mucho antes.
Finalmente aquel ataque de pánico en el metro de la CDMX, hace tantos años como el surgimiento de los Emos, fue el maestro que necesitaba y que no quise escuchar. Un síntoma que me advertía detener el patrón.
Aquel tiempo tenía muy pocas herramientas, además del estigma social, la baja autoestima y una mala comunicación con mis padres. Yo misma llegué a creer que algo malo había en mí; una nube negra sobre mi cabeza, siempre a punto de llover.
No sabía de la disregulación emocional, de la disforia al rechazo, ni de la ansiedad generalizada. Ojalá hubiera ido al psiquiatra desde entonces, pero cuando me lo comentó la psicóloga, me puse a llorar de angustia, porque si ir al psicólogo era de locos, ¿qué tan mal estaba yo para que me «escalaran» al siguiente nivel? Como si fueran los círculos del infierno.
Un término que recién descubrí es «tratamiento multimodal». Ojalá se ponga de moda, si es necesario. Ojalá que pierda vigencia la estigmatización del tratamiento psiquiátrico y la romantización de las adicciones. Aunque irónicamente, quienes más me han juzgado en relación con mi salud mental, son psiquiatras y fumadores crónicos de mariguana. Algunos, pero significativos; los primeros por ética laboral, y los segundos por responsabilidad afectiva.




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