A Susy, un ejemplo de tenacidad.
Feliz cumpleaños, amiga.
Experimentar la constancia es una de las novedades más poderosas que me han sucedido los últimos años. No vengo en plan de coaching, lo prometo. Hay que arrebatar del discurso superficial de superación personal, aquellos conceptos que de tan banalizados dan pena.
Admito que es fácil caer en la trampa de que la constancia y el echaleganismo, son caras de la misma moneda, y de eso a el pobre es pobre porque quiere, sólo hay un paso…
En esas divagaciones me las gastaba yo, sin bajar la guardia ante el evangelismo aspiracional, hasta que me atravesó la constancia como un relámpago en la oscuridad, y pude ver por fin por qué tanto revuelo. Y ahora quiero más.
Así que, ¿tiene un minuto para hablar de la constancia?
Porque puedo quiero, no al revés, dice la doctora Juncal Sevilla, psiquiatra especialista en TDAH. Una de las frases reveladoras que inspiró el nombre de mi blog. Así es el cerebro, hace carambola con los logros, cada pequeña victoria alienta a las siguientes como una hilera de cerillos propagando la combustión.
Por eso los que son capaces en algo, pueden serlo en muchas cosas más simultáneamente. Pero ¿qué pasa con quienes venimos de fábrica (aceptemos ya la evidencia), con cierta desregulación de la dopamina y empezamos a notar que los demás hacen con los ojos cerrados lo que a uno le lleva todo el día?
La chispa que ha de iniciar el fuego se nos fue negada a priori, es imprescindible saberlo. Y después del duelo actuar en consecuencia.
La confianza en uno mismo no son las enchiladas que siempre nos han querido vender, ni la cualidad innata que se nos exige en cada área de la vida hasta el punto de convertirnos en entes retacados de culpas y resentimientos.
Ya: hasta aquí me voy a quejar. Agradezco que por lo menos esté sucediéndome ahora todo este despertar. Aunque “sucediéndome” es un decir muy injusto y sería más preciso decir que he procurado que me suceda (de ello he escrito ya en todo el blog). En ese mood de hoy, el de agradecimiento conmigo y no el de conmiseración, va esta entrada.
Primero enfatizar que un entorno neurodivergente no diagnosticado (padres, hermanos, abuelos con TDAH, en este caso) empeora exponencialmente la desesperanza de un niño con respecto a su ya de por sí truncada percepción del futuro. La inconstancia y falta de estructura nos vuelve desconfiados, apáticos, ansiosos y muy, muy aprehensivos.
Lo que pasa es que ellos, nuestros adultos responsables, también quieren pero no pueden. Y lo peor es que no lo saben. Muchos murieron sin saberlo, otros se aferran a la idea que ya se hicieron de ellos mismos; la de que su divergencia no es más que una personalidad que se volvió enfermiza con el trauma. No los culpo.
Tal vez mis padres auténticamente pensaron que sucedería cada una de las cosas que me prometieron. Tal vez incluso lo han creído con sus propias metas fallidas. El jueves, el sábado, en enero. En tu cumpleaños.
En la secundaria, durante todo el primer año escolar, usé el uniforme viejo de mi prima, unas 3 o 4 tallas más grandes que la mía. Sólo esta semana, hija, había sido la promesa. En segundo año, cuando por fin tuve mi propia falda, corte princesa, plisada y ligeramente arriba de la rodilla, me sentí volar. Ni mi ropa de calle era tan bonita, hubiera querido no quitármela después de clase ni los fines de semana. Hubiera ido con ella a mi primera cita, al cine con mis amigas, a la iglesia los domingos. Era increíble ir a clases sin sentirme ridícula, sentirme hasta bonita.
Aquella vez mi hada madrina fue una señora que vendía uniformes y a pesar de que ya había rematado los últimos, sacó de las prendas rezagadas la falda de cuadros cafés y se la extendió a mi madre. Era una faldita que por pequeña, a nadie le había quedado. El cuento de Cenicienta versión secundaria técnica de la San Felipe de Jesús.
Luego todo se hizo calabaza, como era de esperarse, porque entrar a la preparatoria fue empezar de cero la construcción de un personaje con libre albedrío y ninguna estructura.
Ya habrá momento para entrar en detalles de aquella época, valga rescatar lo mucho que me costó comprobar que las cosas buenas no sólo pasan por casualidad y se terminan por arte de magia.
Después de tantos años, por fin conozco lo que es decirse a una misma: aquí no vuelvo y no volver, el viernes pizza, contigo no, que sea morado, bosque y no playa. Tengamos una hija, cumplamos lo que le prometimos a esa hija.
Vislumbrar, atestiguar y volver al ataque.
Veni vidi vici
No hablo de comerme al mundo al estilo Shark tank, sino de proyectos sencillos que al concluirlos van subsanando los huecos de frustración a los que el cerebro ya se acostumbró.
Voy a regar mis plantas, y regarlas.
Voy a podarlas, voy a abonarlas, voy a trasplantarlas.
Voy a limpiar cada hoja con cáscara de aguacate. Sustrato para las suculentas, vinagre para los hongos. Míralas qué verdes, qué erguidas. Esta floreció; una fiesta.
Voy a cuidarlas y a sanar desvergonzadamente. De a poquito pero con alevosía. Voy a ser la señora de las plantas.
Y cuando digo voy es voy.

Mi versión de Dafne



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